¿ Que mensaje le queda al ciudadano de a pie, cuando escucha a López Obrador “mandar al carajo” a opositores que critican su ineficacia y su gusto por el autoritarismo?

    ¿Qué esperan, frente a los “carajos” del jefe de las instituciones, los ciudadanos que a diario enfrenta violencia, crimen, falta de trabajo digno, carencia de un sistema sanitario eficiente y que reciben un salario pírrico?

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    ¿Qué esperanza les queda a los millones que ven deteriorada su calidad de vida por la inflación sin freno, por el deterioro de la calidad de vida, por la muerte de un hijo, un pariente, un hermano; a causa de la pandemia, de la violencia o del crimen del feminicidio o de la muerte contra periodistas?

Lo cierto es que además de que desde Palacio se vulgariza la figura más alta del poder –el mítico jefe del gobierno y del Estado–, la ofensa empleada por el presidente contra sus adversarios confirma el pensamiento autoritario, nada democrático y dictatorial de López Obrador.

Y es que la expresión: “¡que se vayan al carajo!”, dibuja a la perfección la ideología y el proceso mental de un tirano al que nada le importan las leyes y menos el valor del diálogo, la negociación y el acuerdo.

Pero la verdadera tragedia es que desde hace décadas todos los mexicanos conocían a ese político autoritario, ofensivo, despectivo, al que nada le importa la Constitución y sus leyes y menos las armas de la política y del poder, como el diálogo, la negociación y el acuerdo.

Esa es la mayor desgracia de la sociedad mexicana y del Estado todo; que quienes a pesar de que el talante autoritario y dictatorial de AMLO estaba a la vista de todos, resulta que 30 millones de mexicanos le dieron el mayor poder de la historia al peor tirano en formación, llamado Obrador.

Y para entender el tamaño del error ciudadano sólo bastaron algunas estampas que retratan de cuerpo completo al repudio evidente de López por la Constitución y por los críticos y disidentes de sus locuras cotidianas.

Así, por ejemplo, el primer caso lo conocimos el 5 de septiembre de 2006 cuando el derrotado aspirante presidencial, López Obrador, “mandó al diablo” las instituciones electorales que le dieron la victoria a Felipe Calderón.

“¡Al diablo con sus instituciones..!”, gritó López a todo pulmón en un Zócalo capitalino abarrotado de simpatizantes que en ese momento estaban dispuestos a prender fuego a Palacio Nacional.

Ya convertido en presidente, 16 años después de aquel 5 de septiembre de 2006, Obrador mandó “¡al carajo!” a los opositores, disidentes y críticos de su mentirosa y farsante contratación de Médicos cubanos.

Así lo dijo el pasado 21 de mayo, en un evento en el que supervisó los avances del Plan de Justicia del Pueblo Mayo, en Sonora: “Ahora que hay una polémica porque vamos a contratar médicos cubanos, después de contratar a los médicos mexicanos… eso tiene a los conservadores muy enojados… ¿pues saben qué?: ¡que se vayan a carajo…! porque lo primero es la salud del pueblo”.

Así el discurso del dictador; López Obrador, a quien no sólo le importa mandar “al diablo” a las instituciones sino que mandar “al carajo” a los ciudadanos que disienten, piensan distinto y se atreven a cuestionar al tirano.

    Y es que, en el fondo, López Obrador “ha mandado al diablo” a miles de niños con cáncer; mandó al diablo 140 mil mexicanos que han muerto a causa de la violencia.

    Mando “al carajo” y “al diablo” a más de cien mil ciudadanos que han sido desaparecidos y mandó al diablo a miles de mujeres victimas de feminicidios; mando al diablo a decenas de periodistas muertos.

López Obrador mandó “al carajo” y “al diablo” a más de 600 mil mexicanos muertos a causa del mal manejo de la pandemia; mandó al diablo a miles de mujeres enfermas de cáncer y que no han sido atendidas.

Sí, López es el responsable de la tragedia del desempleo, de la inflación, de la carencia de oportunidades y de la debacle de la economía mexicana: por tanto el responsable de la tragedia de miles de mexicanos a los que, de manera literal, mandó no solo “al diablo” sino “al carajo”.

Se los dije.