Siempre que escucho al Presidente López Obrador, especialmente durante sus mañaneras, trato de convencerme de que su mentecatez tiene un límite, y que él mismo no superara su babosada del día que corre. Pero el Presidente de México siempre termina sorprendiéndome con su enorme capacidad para superarse a sí mismo en cuanto a su nivel de idiotez.

Esta semana, el Presidente ha insistido en la idea de instrumentar “terapias anti-corrupción”, para que los “malos del cuento” corrijan sus hábitos perniciosos… ¡increíble, sencillamente increíble!

En la conferencia de prensa del pasado lunes, refiriéndose al tema de la corrupción, López Obrador dijo:

Yo hago un llamado a todos para que se vea así, es una enfermedad, y hacer terapias para reincorporar a mucha gente que tiene como propósito fundamental el enriquecerse a costa de lo que sea, sin escrúpulos morales de ninguna índole. Es una especie de enajenación.

Hay que crear una asociación para recuperarlos a muchos, hacerles ver que el dinero no es la vida, que no es lo material lo que da la felicidad, que sólo siendo buenos podemos ser felices; pero hay que hacer una labor, porque hay molestia generalizada porque ya no hay corrupción tolerada.

¡Ver y escuchar para poder demostrar! ¡Qué vergüenza de Presidente! ¡Trágame tierra!

Digo, creo que ya es suficiente con tener que soportar todos los días sus sermones al más puro estilo “Para de Sufrir”; todos los días y, en ocasiones, varias veces al día.

López Obrador equivocó su vocación: él tuvo que haber sido un pastor evangélico lava-cerebros y cobra-limosnas. Ése siempre ha sido su destino. Pero el pobre fanático religioso se obstina en usar los medios y los cargos públicos para predicar su “evangelio”. López Obrador tiene un terrible complejo de inferioridad que lo lleva continuamente a llamar la atención: se siente y se sabe poca cosa y, por ello, desea que lo miren para sentirse importante.

Pobre ancianito fanático, a veces me produce una profunda lástima, una profunda compasión, sin por ello cegarme ante su grado de peligrosidad social. Los fanáticos siempre son peligrosos.

López Obrador no ha entendido que, en el Estado Moderno, el gobierno es sólo una agencia encargada de generar y de ofrecer bienes y servicios públicos en cantidad suficiente, en calidad aceptable y a precios accesibles. Nada más, pero tampoco nada menos…

Su afán hipócritamente regenerador lo ha llevado a hacer propuestas idiotas, como las “terapias anti-corrupción”. No me extraña que esta propuesta la haga un hombre que cree que basta con que él sea “honesto” para que, por efecto cascada, toda la nación lo sea.

Quien necesita terapia es López Obrador: es un pobre fanático religioso que, por su terrible complejo de inferioridad, se siente el “elegido” de los dioses. ¡Ah, si sus padres le hubieran prestado un poco más de atención!

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