En el arte del buen gobierno, no puede haber incertidumbre y mucho menos, permitir que se gesten procesos de inseguridad frente a situaciones internas o externas que quebranten la vida del Estado. Este arte que debe de asumir el líder político (no el caudillo), independientemente de su muy particular estilo de gobernar, se debe ceñir a una condición fundamental: evitar que se ponga en riesgo la existencia de la nación.  Desde un posicionamiento geopolítico, la condición de toda élite política que tiene como encargo el ejercer un buen gobierno, debe asumir las siguientes consideraciones:  

a.- Tener debidamente estudiada su ubicación geoestratégica,

b.- Definir con claridad cuales son sus amenazas y riesgos a corto, mediano y largo plazo y,

c.- Analizar cómo está establecido el sistema de alianzas y compromisos globales y regionales.

Estas tres interrogantes deben de ser meticulosamente atendidas por el equipo asesor presidencial, para darle la debida certidumbre a esta élite política, así como para aportar claridad al tamaño del reto que el Estado debe de asumir y de cómo establecer su administración, pero sin descuidar un punto toral, el tiempo histórico que le corresponde vivir y que a partir de ésta consideración, el ejercicio de gobernar debe de ir encaminado en el constante desarrollo nacional.  

En las últimas décadas, desde la presidencia de Miguel De la Madrid Hurtado hasta Enrique Peña Nieto, la política exterior tuvo que ser replanteada a partir de las tres preguntas ya expuestas, sin dejar de ejercer cada uno de los principios constitucionales en dicha materia, como de igual manera, los planteamientos doctrinales que han caracterizado a nuestra nación frente al mundo. Sin embargo, esas tres interrogantes son una expresión que los gobernantes deben estar dispuestos a identificar, para obtener el camino correcto por el cual habrá de transitar el Estado-nacional. México ha vivido una condición compleja desde el inicio de su vida independiente, que le ha valido ser un miembro importante de la comunidad latinoamericana, pero de igual manera, cohabitar día a día, momento a momento, con la potencia global.

La relación bilateral con los EEUU, ha sido todo un proceso de conocimiento, de cómo se debe de trabajar la vecindad entre dos naciones dispares en su crecimiento, ambiciones e intereses. En dicha relación ha privado la guerra y la pérdida de territorio por parte de nuestra nación, pero también el entendimiento frente a la amenaza global que significó el movimiento fascista-nazi y más recientemente, a encontrar un punto de quiebre frente al crimen organizado transnacional, en el marco de una de las regiones más importantes desde el aspecto económico-financiero.  Cuando se asumió el riesgo geopolítico de asociar a México como parte de Norteamérica, para incorporarse en el nuevo orden internacional, que convocaba a la democracia y la globalización, también, se entendió la gran disputa que este hecho ocasionaría para el resto de su relación diplomática, sobre todo hacía América Latina, en dónde, tras la conclusión de la Segunda Guerra Mundial, fue estableciéndose una imagen de liderazgo y de respeto. No fue cosa menor un gran juego geoestratégico, el mantener un diálogo eficaz y fructífero, que sirviera para obtener la certidumbre del crecimiento y del desarrollo nacional que fue funcionando con sus altibajos hasta diciembre del año pasado.  Luego entonces, México fue estableciendo una eficaz ruta en su proyecto de nación al incorporarse a APEC, Foro de Davos, OMC, OCDE, G20, además de apoyar en la conformación de nuevos grupos regionales como el MICTA, la Alianza del Pacífico y recientemente el de Lima.

Pero no se puede dejar de considerar, que la relación con EEUU es de una gran importancia; pues si en el siglo XIX, los antagonismos, disputas y guerras nos alejaron, en el siglo XX y en este nuestro siglo, las condiciones del orden internacional nos obligan a tener una sana y eficaz convivencia y es responsabilidad de las dos naciones lograrlo, es decir, es responsabilidad del liderazgo político y del quehacer diplomático, de tal manera, que se debe mantener lo más equitativamente posible y que esto, sustente una más estrecha relación a causa de las condicionantes que esta definiendo el escenario global de nuestros días.

Los dislates políticos como, lo que diga mi dedito o yo tengo otros datos, para referirse a la vida del Estado mexicano por parte del Ejecutivo Federal, en poco ayudan al momento político que vive la relación bilateral, a causa de los actos populistas del presidente Donald Trump, que si bien van dirigidos al consumo de la sociedad estadounidense, son también una permanente amenaza y advertencia de algo que no está funcionado adecuadamente, lo que obliga a considerar sí la visita de Jared Krusher, asesor presidencial de la Casa Blanca, fue tan sólo una visita innecesaria, pues los reclamos continúan (sumados los de la líder demócrata Nancy Pelosi) y no será el silencio del Caudillo, de su élite política, como de sus seguidores, que se recupere la estabilidad prioritaria para las dos naciones.

El mundo avanza, los liderazgos se consolidan, las estrategias construyen alianzas y ¿México? o, ¿tan sólo no tenemos los datos que el caudillo tiene?