Es posible que muchos de los llamados millennials no conozcan la historia del otro López. ¿Otro López?

Sí, nos referimos a José López Portillo, otro presidente mexicano populista que, igual que el nuevo López –Obrador–, llevó al país a la ruina.

Y se preguntará algún despistado la razón por la que traemos a la memoria al tercero de los cuatro López que han gobernado a los mexicanos. El primero fue López de Santa Anna y el segundo López Mateos.

La respuesta es elemental; porque el cuarto de los López, el presidente Obrador, volteó de cabeza la realidad del periodismo mexicano. ¿Lo dudan?

Resulta que a mitad del gobierno de José López Portillo –cuando la tragedia de su gestión ya era inminente–, el Presidente lanzó una fuerte acusación a los medios que lo criticaban, a los dueños de medios y, sobre todo, a los periodistas.

Les dijo a todos, en el meritito día de la libertad de expresión… “no les pago para que me peguen”.

Demoledor, el mensaje no podía ser más directo.

Es decir, el gobierno populista de “Jolopo” pagaba publicidad oficial –casi siempre por debajo del agua–, a cambio de aplaudidores a sueldo en los medios, sobre todo en la prensa, que en aquellos años era más poderosa que la televisión y la radio.

Hoy, sin embargo, los papeles están de cabeza.

Y es que hoy los que gritan no son los servidores públicos, no es el gobierno de López Obrador, sino los empresarios de medios y algunos periodistas. ¿En serio…?

Sí, hoy e Presidente Obrador no grita; “¡no les pago para que me peguen!”.

No, hoy los concesionarios, los dueños de medios, los poderosos magnates de la prensa y los periodistas gritan desesperados, hambrientos, “Presidente, le aplaudo para que me pague”.

Y, como buen gobernante bananero, el Presidente Obrador se cree el elogio y el cuento. Piensa que el aplauso fácil es el mejor aplauso.

Y es que sí hoy no pocos concesionarios de radio y TV; no pocos dueños de medios y muchos periodistas juegan el juego del “lamebotismo” –a cambio de publicidad oficial, de un hueso, una chamba y un espacio–, no es por su convencimiento de que el de Obrador es el mejor gobierno. No, aplauden y se inclinan por supervivencia.

Y el caso más reciente y el más penoso y patético se llama Nino Canún, el veterano periodista –en éste caso la vejez no es sinónimo de dignidad–, que buscó una mañanera de AMLO, como la de ayer lunes, para  mostrar lo que siempre ha sido; un servil al poder en turno.

Con voz quebrada por los años, sin vergüenza alguna, sin pudor ni pena, se entregó al Presidente Obrador.

Sobraron los elogios, la indignidad, la autodenigración, la desverguenza en cadena nacional.

“¡Presidente, lo elogio para que me pague!”, pareció suplicar Nino, ese viejo del periodismo que siempre vivió de la extorsión, del chantaje, del dinero a cambio de su postura dizque critica.

Y podrá decir misa el añoso Nino Canún, pero el cuento del veto no se lo cree nadie, sobre todo cuando públicamente fue obsequiso hasta la defachatez con todos los presidentes.

Ayer fue Carmen Aristegui, luego le siguió Julio Hernández, más adelante Ricardo Rocha… Impensable, pero también en la fila de los aplaudidores de AMLO a cambio de “chamba” –y de indignidad–, apareció Adela Micha y hoy, Nino Canún.

¿Quién sigue…?

Lo cierto es que López Obrador ha doblado a casi todos; a los concesionarios, dueños de medios y… penosamente a muchos periodistas.

Un gremio de poca dignidad y mucha desvergüenza.

Se los dije