Para nadie es secreto que las traiciones y golpes bajos son parte del cotidiano en las altas esferas del poder.

Seguramente muchos recuerdan que las pugnas entre cercanos al entonces presidente Carlos Salinas de Gortari resultaron en el asesinato de un candidato presidencial y, meses después, en el de un dirigente nacional del PRI.

También es probable que algunos tengan en mente los jaloneos en el Gabinete Federal rumbo al final del sexenio de Vicente Fox. Del estira y afloja resultó la candidatura presidencial de Felipe Calderón y una muestra más de la ignorancia política del entonces Presidente Fox.

Y qué decir del sexenio más reciente, los pleitos entre rudos y técnicos sumieron al PRI en una de sus mayores crisis a la fecha.

En cada caso, los allegados al poder jalan agua para su molino y en el proceso destruyen instituciones, fragmentan partidos e incluso aplastan carreras políticas.

Lo curioso, sin embargo, es que las pugnas antes mencionadas ocurrieron, todas, en los últimos meses de la administración en turno.

Es decir, que conocedores de la política, los rijosos entendía que la lealtad al presidente en turno es vital durante la primera mitad del sexenio. La bonanza depende del favor presidencial.

Lo anterior viene a cuenta porque los primeros meses del gobierno de Andrés Manuel López Obrador parecieran los últimos del sexenio.

En los hechos, las intrigas en el grupo cercano al presidente están a la orden del día. Y como siempre, los daños colaterales cuestan millones de pesos de dinero público y lesionan la credibilidad, la eficacia y la operación de las oficinas y dependencias que deberían velar por el bien público.

Vayamos por partes.

Todo mundo sabe que en el gabinete de Andrés Manuel López Obrador existe un claro enfrentamiento entre conocedores e improvisados de la política. Por un lado aparecen individuos pensantes y experimentados que tratan de conducir al presidente –y a sus decisiones–, por rutas probadas y eficientes.

Pero en el otro lado se encuentran vividores del poder que, excusados en una ideología, intentan aplastar programas de gobierno, imponer perfiles sin preparación, o ganar reflectores para mantener vivas sus guerras políticas.

De lo que pocos hablan es que, en tanto improvisados del poder, los funcionarios públicos sin vocación de servicio y sin plan de gobierno encabezan pugnas a muerte como si se tratara del fin de sexenio.

Un ejemplo de lo anterior se observa en los intestinos de una de las empresas mexicanas con mayor relevancia, presupuesto y reconocimiento: Pemex.

Resulta que al frente de la petrolera se encuentra Octavio Romero Oropeza, un hombre de perfil bajo y sin experiencia. El mérito principal de Romero es la cercanía con López Obrador.

Lo curioso, sin embargo, es que a la cabeza del sector energético opera Rocío Nahle, otro perfil ignorante de los tejes y manejes del petróleo y de la electricidad pero con una base social capaz de entregar la tercera reserva de votos más grande del país: Veracruz.

Desde el inicio de esta administración, los bloques aquí descritos intentan jalar para lados opuestos. El saldo, como ya es costumbre, es el estancamiento de Pemex y la ejecución de un plan operativo sin pies ni cabeza que tiene a empleados e inversionistas con un pie en la salida.

Uno de los síntomas de las guerras intestinas en Pemex se observa en el caso de Miguel Ángel Lozada, el flamante director con licencia de Pemex Exploración y Producción, el corazón de Petróleos Mexicanos.

Lozada es uno de los poquísimos perfiles de la administración anterior que supo colarse en la directiva de Pemex.

Según conocedores, el brillo de Lozada se debería a que cuenta con el favor de la Secretaria Nahle. De hecho, ella se habría encargado de circular el nombre de Lozada como potencial Director General de Pemex durante el largo periodo de transición.

La Dirección de Pemex Exploración y Producción es fundamental en el plan el nuevo gobierno. Si la administración de López Obrador pretende extraer y procesar todo el petróleo que requiere México para operar, entonces necesita la colaboración de Miguel Lozada.

Acaso por eso, a la primera de cambios, el director Lozada cayó en desgracia al momento en que el dedo flamígero del presidente señaló a tres responsables de la llamada “estafa maestra”.

Con celeridad pocas veces observada, la secretaría de la Función Pública –en manos de otra cercanísima al presidente, Eréndira Sandoval–, armó el expediente que dejó a Lozada fuera del juego.

Conocedora del juego político, la secretaria Nahle habría movido sus hilos y estaría atrás de las voces que aseguraron la restitución de Lozada a fines de la semana pasada

Pero sabedor de las guerras intestinas, el propio López Obrador salió a callar estas voces e insistió en el cese de Lozada.

Al día de hoy, el despacho más oneroso y de mayor proyección en Petróleos Mexicanos se mantiene acéfalo. Mientras tanto, la secretaria Nahle abre otro frente para seguir la embestida contra la dirección de Romero Oropeza: la reforma a la Ley de Pemex.

En cuestión de días, el Congreso Mexicano aprobaría una lamentable reforma que disminuiría las facultades del Consejo de Administración y crearía una poderosísima Dirección General.

El golpe, además de restar importancia a los tres –de cinco– consejeros independientes que aún despachan en Petróleos Mexicanos, haría a un lado a la presidenta del Consejo de Administración: la secretaria Rocío Nahle.

Acaso por eso, en foros y medios circulan versiones en favor y en contra del dictamen que ya cuenta con el apoyo de la comisión de Energía de la Cámara de Diputados.

Al final del día, lo que resulte de esta discusión servirá para consolidar a un grupo y debilitar al otro.

Lo penoso del asunto es que Pemex acabará pagando los platos rotos. Hoy, manos facciosas e ignorantes en la materia se disputan el control de Pemex. Mientras tanto, la petrolera terminará condenada a operar por consigna política y los manejos poco transparentes acabarán costando millones de pesos al erario.