México pulsa las contradicciones de sus decisiones. Como pocas veces en su historia, en nuestro presente se entremezclan, se confrontan, se excluyen, se mimetizan y se bifurcan, pasado y presente al mismo tiempo.

Hacia el futuro, se proyectan los anhelos de 30 millones de mexicanos que votaron por Andrés Manuel López Obrador porque creyeron que representaba el cambio que sepultaría un sexenio de descarada corrupción, dolorosa ineficacia y alevosa impunidad.

Hacia el pasado, la incomprensible decisión del presidente electo de ratificar, en nombre de una falsa estabilidad, el pacto de complicidades que perdonará los abusos de una clase política que, desde Peña Nieto, pasando por Javier Duarte y terminando con Elba Esther Gordillo, volverá a demostrar que en este país a los únicos políticos que se castiga son a los que eligen mal a su candidato presidencial.

Hacia el futuro, un contexto de globalización y competitividad económica que le reclama a nuestro país asumir un mayor liderazgo global y potencializar todas sus fortalezas, profundizando las reformas estructurales que ponían nuestro reloj a tiempo.

Hacia el pasado, el nuevo gobierno y sus ideas obsoletas en materia energética, sus ideas caciquiles en materia educativa, sus ideas erráticas en materia financiera y sus ideas represivas en materia de seguridad pública. Las pésimas señales mandadas a la inversión con la cancelación del aeropuerto o la intentona de eliminar comisiones bancarias, regresan a nuestro país a las peores y más regresivas épocas del estatismo en guayabera.

Hacia el futuro, el reclamo de una democracia directa cada vez más participativa y deliberativa para empoderar a la ciudadanía pero sujeta al mandato constitucional.

Hacia el pasado, la adulteración del mecanismo de consulta popular y su ensayo como fórmula para legitimar los caprichos presidenciales al margen de las leyes.

Hacia el futuro, la expectativa ciudadana de cambiar de régimen, pero no para regresar a uno ya superado, sino para alcanzar uno largamente anhelado: los reclamos de una fiscalía realmente independiente, la exigencia de una prensa libre y sin censura, el fortalecimiento de los órganos constitucionales autónomos y la urgencia de un sistema político de pesos y contrapesos.

Hacia el pasado, la clonación de eso que Giovanni Sartori llamaba “el sistema de partido hegemónico” y que reúne en una misma persona al jefe de Estado, jefe de gobierno, jefe de partido, jefe de las Fuerzas Armadas, gran legislador, dueño del dedazo y factor de influencia en la emisión de resoluciones jurisdiccionales. Demasiado poder en un solo hombre. La reconcentración del poder presidencial en la figura del monarca sexenal.

La paradoja del 2018 es que, buscando un mejor futuro, los mexicanos votaron por un cambio. Lamentablemente, López Obrador interpreta que las claves de ese cambio se encuentran en un pasado autoritario, nacionalista y estatista, cuya mejor versión no supera la peor edición del presente democrático.

Las dos fuerzas, pasado y futuro, se desafían y libran batallas encarnizadas todos los días. El problema es que, si el futuro sigue enseñoreándose en los discursos, pero es el pasado quien manda en las decisiones, lo que estará en grave peligro será la república y nuestras libertades. Frente a la amenaza del populismo y a propósito del 90 aniversario del natalicio de Carlos Fuentes, bien vale la pena recordar lo que escribió en “Esto creo”:

“País inconcluso, México paciente y sereno, esconde sin embargo la rabia de una esperanza demasiadas veces frustrada. Este es un país que ha esperado durante siglos, soñado, el tiempo de su historia”.

¿Lo seguirá haciendo?

De nosotros depende no aceptar el pasado como presente y mucho menos como futuro.

Twitter: @OSWALDORIOS