“Ni los veo, ni los oigo”, dijo Carlos Salinas sobre los legisladores federales perredistas que lo increparon en la Cámara de Diputados con una estruendosa protesta durante su último informe de gobierno. La frase se volvió célebre porque resultó ilustrativa de su postura sobre las protestas y críticas hacia su administración y su estilo personal de gobernar. El presidente de las grandes orejas se ufanaba de su atrofia selectiva.

Durante la conferencia “mañanera” del martes 14 de mayo, el periodista Alejandro Lelo de Larrea le preguntó al presidente Andrés Manuel López Obrador sobre la descripción que realizó su asesor José Agustín Ortiz Pinchetti en su libro “AMLO, Con los pies en la tierra”, una suerte de biografía autorizada publicada en el mes de marzo de 2018, cuando aún era candidato.

El párrafo que describe la débil vocación del presidente para escuchar a los demás es el siguiente:

“¿AMLO es un hombre que escucha recomendaciones o críticas de sus cercanos? No, es un hombre que oye con respeto a sus colaboradores y después hace lo que quiere. Confía en sus propias decisiones, y en la mayor parte de los casos, tiene razón, aunque existan opiniones en sentido contrario. De no ser así ya se hubiera desprestigiado totalmente frente a su equipo. A veces se equivoca y sus errores son costosos”.

La respuesta presidencial fue:

“Siempre escucho, y no solo a los colaboradores, creo yo, no es para presumir, que soy el servidor público que más escucha al pueblo. Diariamente escucho a los ciudadanos, creo que en una semana escucho como a mil personas, no sé si haya otro servidor público que escuche a tanta gente y no me entra por un oído y me sale por el otro, escucho e internalizó y obedezco al pueblo”.

Es decir, una respuesta apegada al canon retórico del tabasqueño: la aprovechó para hablar de sí mismo (todo se trata de él); se ratificó como la correa de transmisión entre “el pueblo” y las decisiones de Estado (“yo ya no me pertenezco”); y autocelebró sus virtudes personales, siempre “inéditas” y “extraordinarias” (el servidor público que más escucha).  

El presidente oye mucho, pero escucha poco y entiende menos.

Oye a muchas personas que en las giras, los vuelos o los eventos de entrega de apoyos gubernamentales asisten para darle las gracias por los favores recibidos, rendirle pleitesía o pedirle una selfie, ¡por supuesto que a López Obrador le fascina “escuchar” esas loas! Pero, ¿alguna vez ha mostrado disposición para escuchar los muchos cuestionamientos que le han hecho ciudadanos inconformes con sus decisiones? Nunca. A esos ni voltea a verlos, excepto para desdeñarlos o reconvenirlos.

En las reuniones con grupos representativos de la sociedad que no le agradan, como las cámaras empresariales, el presidente oye pero no modifica un ápice sus concepciones previas. “Nos escucha, pero no nos entiende”, ha dicho Gustavo de Hoyos, presidente nacional de COPARMEX.

Tampoco es distinto en las mañosas “mañaneras”. A quien le cuestiona algo incómodo, le responde lo que le da la gana, usualmente el discurso de autoproclamada honestidad o adscribe el cuestionamiento a la narrativa de los “adversarios”, “fifís”, “fantoches”, etc. Cuando la pregunta más que incómoda es demoledora o un argumento irrefutable (rememeber Jorge Ramos) la respuesta es la misma, “no caeré en provocaciones, yo soy dueño de mi silencio” y así, de tajo, soslaya el cuestionamiento.

En la segunda parte de la respuesta a Lelo de Larrea, López Obrador hizo una distinción entre “el pueblo” (al que escucha más que nadie) y los “expertos” o los “analistas” a quienes por considerar “no tan objetivos”, “ni tan profesionales”, los lee y escucha, pero “no necesariamente” les hace caso.

Es decir, para el presidente si alguien tiene conocimientos probados en una materia específica pero no piensa como él, que se considera a sí mismo la encarnación de la voluntad del pueblo al que escucha más que nadie, luego entonces no es objetivo y por lo tanto, no es digno de atenderse. Ergo, López Obrador solo escucha verdaderamente a quienes le dan la razón.

Eso explica porque la refinería Dos Bocas, el Tren Maya y la ampliación del aeropuerto de Santa Lucía, han topado con gravísimos impedimentos técnicos que, sin embargo, el presidente simplemente no reconoce, ni le hacen rectificar del error.

Nadie le niega el derecho legítimamente ganado de conducir los destinos de nuestro país. En democracia, para nombrar presidente se hace una elección de popularidad, no un examen de conocimientos, pero un presidente que toma decisiones en nombre de todos está obligado no solo a oír, sino a atender los argumentos sólidos que hagan eficaces, eficientes y legítimas las políticas públicas que decida implementar. Imponerlas sin esas valoraciones factuales, no solo es irresponsable, es insensato.

31 millones de votos son muchos, pero no pueden refutar la Ley de Gravedad.

No se puede gobernar de espaldas a la realidad.

 

Twitter: @OSWALDORIOS