La tarde cae. Los candiles, lámparas y velas comienzan a iluminar las casas y departamentos, dando un aspecto de calidez a las ciudades y pueblos. Las habitaciones son decoradas con árboles llenos de luces y esferas de colores. En los tejados, balcones y puertas, las series destellan alegría. Las avenidas están repletas de gente. La Navidad es una noche para celebrar en la intimidad del hogar o con los amigos más queridos. Las familias se reúnen para cenar y expresar su cariño. Sin importar la religión, en los hogares se enciende un sentimiento de emoción, conmoción y ternura.

Sintió un pellizco en el estómago al ver las decoraciones del zócalo capitalino. Todo estaba hermoso, pero le era imposible disfrutarlo. Sintió las lágrimas llenarle los ojos y escurrir por sus mejillas; suspiró tratando de contener la tristeza, intentó pensar positivo. Lo que más le dolía era no haber escuchado; ese error le había costado carísimo.

El carro pasó frente a Palacio Nacional y sintió su ser invadirse de coraje. Qué fácil era para el presidente de la república ordenar sin miramientos, sin pensar en su gente, en los que habían votado por él; qué cómodo, para los legisladores, aprobar reducciones de presupuesto o cancelaciones de obras; qué sencillo, poder hablar sin medir consecuencias. Total, lo único importante, para ellos, había sido su voto y nada más. La desesperación crecía dentro y cerró los ojos. Había confiado en él, en sus discursos, en sus promesas, en sus frases memorizadas y estudiadas. Ahora se daba cuenta; todo había sido un engaño. Abrió los ojos y miró por su ventana.

—¿Por qué seremos tan estúpidos? —preguntó sin dejar de mirar la calle.

El taxista se sobresaltó por la repentina pregunta y miró por el retrovisor sin saber qué contestar.

—Nos prometen, les creemos, votamos y nos traicionan. Yo voté por él y hoy me despidieron. Tenía muchos planes y ya no tengo nada —dijo sin despegar su vista de la gente que caminaba por la banqueta.

La luz de la calle iluminaba la humedecida mejilla de su cliente. El taxista movió la cabeza de lado a lado y sintió una gran pena, pues sabía que ese sería el primero de muchos que subirían con esa pavorosa preocupación. No comentó nada para no incomodar. Después de unos minutos, llegó a la dirección indicada. Se volteó para sonreírle y le dijo en voz baja: “Buenas noches”. Lo demás, sobraría.

*

El presidente López, su gabinete, legisladores y funcionarios cenarán esta noche entre abrazos, comida, canciones y risas; brindarán por su futuro lleno de prosperidad.

No perdonemos su silencio y complicidad. Han callado dejando a miles de mexicanos sin trabajo y con un futuro incierto.

Les deseo a ustedes, mis lectores, una hermosa Navidad y les envío un abrazo sincero lleno de fuerza.