En 1994, durante la entrega de su último informe de gobierno ante el Congreso de la Unión, el entonces presidente Carlos Salinas de Gortari pronunció una frase que definió a la perfección la manera en que el PRI gobernaba como partido hegemónico: «Ni los veo ni los oigo«, dijo a un grupo de legisladores de izquierda que lo cuestionaron a gritos.

En efecto: en aquella época el PRI no tenía ni la voluntad política ni la necesidad de escuchar a la oposición. La mayoría que ostentaba en ambas cámaras le permitía aprobar iniciativas sin necesidad de alcanzar consensos, salvo contadas excepciones como la reforma que condujo a la creación del IFE.

Del mismo modo, en el actual sexenio, Andrés Manuel López Obrador y Morena tampoco parecen tener ni la voluntad ni la necesidad de dialogar con los partidos de oposición.

A excepción de la reforma que dio origen a la Guardia Nacional, Morena ha echado mano de la «aplanadora legislativa» o el «mayoriteo» para aprobar las leyes, iniciativas o nombramientos solicitados por López Obrador. El más reciente ejemplo es la Ley de Austeridad, que concede al Ejecutivo la facultad de definir por decreto el destino de los recursos ahorrados.

Más aún: en Palacio Nacional tampoco ven ni oyen a las organizaciones de la sociedad civil que reclaman por el recorte a las estancias infantiles, a los trabajadores que se manifiestan ante los despidos injustificados o a los ciudadanos inconformes con las decisiones del gobierno. 

Sin embargo, la particularidad de la «cuarta transformación» es que el presidente «ni ve ni oye» a su propio gabinete.

En siete meses, el gabinete del presidente López Obrador ha sufrido siete bajas por renuncias. Sin embargo, dos casos han cimbrado la cuarta transformación.

El pasado 21 de mayo Germán Martínez renunció a la dirección general del IMSS denunciando una injerencia indebida de la Secretaría de Hacienda en las decisiones del instituto. Además, aseguró que “ahorrar y controlar en exceso el gasto en salud es inhumano”, y por si fuera poco, exhibió las contradicciones del proyecto obradorista al afirmar que algunas decisiones del gobierno son «de esencia neoliberal: ahorro y más ahorro, recortes de personal y más recortes de personal”.

Por su parte, este martes, Carlos Urzúa renunció a la Secretaría de Hacienda. En su carta de dimisión, denunció que las decisiones de política pública se han tomado «sin el suficiente sustento»,y  reveló la imposición de «funcionarios que no tienen conocimiento de la Hacienda Pública»por parte de «personajes influyentes del actual gobierno que tienen un patente conflicto de interés».

¿Cuál ha sido la respuesta de López Obrador ante las acusaciones de su propio equipo?

En su momento, López Obrador se dijo en desacuerdo con Germán Martínez y aseguró que el IMSS es ”es una institución que funciona y va a seguir funcionando sin ningún problema». 

Mientras tanto, respecto al caso de Urzúa, el presidente reconoció diferencias con el funcionario por el Plan Nacional de Desarrollo, mismo que –dijo– el término redactando porque el elaborado por Hacienda le pareció «continuista» y «neoliberal». No obstante, aseguró que la política de austeridad está dando buenos resultados, e insinuó que Urzúa no entiende la «transformación» por la que está pasando el país.

En pocas palabras, las renuncias de Germán Martínez y Carlos Urzúa evidencian que AMLO «ni ve ni escucha» a su gabinete.

Las críticas formuladas por ambos ex funcionarios son un llamado de atención que es necesario escuchar para corregir el rumbo.

El mensaje expresado a gritos es que el ahorro excesivo en el sistema de salud pone en riesgo la seguridad social de los ciudadanos; la centralización de las decisiones en la figura presidencial, así como la imposición de funcionarios incompetentes, están perjudicando la viabilidad de las políticas económicas.

¿Sabrá ver y oír en algún momento López Obrador?