Cada semana es un nuevo golpe a la democracia.

A medida que se concentra y reconcentra el poder presidencial, es más evidente que en México no se vive una transformación democrática, sino una restauración autoritaria.

A pie juntillas, el presidente de la república reedita las prácticas antidemocráticas tan eficaces como despreciables y la vetusta parafernalia que servía de sahumerio a la presidencia imperial en la larga época del partido “de Estado”.

Concentración de todas las decisiones del ejecutivo en una sola persona; reafirmación pública del carácter providencialista de los programas sociales que existen y son entregados por cualidad moral del gobernante; monólogo permanente desde el poder que ensalza o estigmatiza a quienes se someten u oponen a las disposiciones “de arriba” y que es replicado profusamente en los medios sin el atisbo de una crítica; eventos multitudinarios de entrega de apoyos como actos de campaña, no anticipados, sino permanentes; y un culto a la personalidad disfrazado de humildad y cambio, pero en el fondo, profundamente ególatra y anacrónico que reconoce en el monarca sexenal el carácter de “bendición”.

El último de los episodios de este proceso gradual, sostenido y sistemático de reconstrucción del presidencialismo autoritario fue la designación en el Senado de la República de Yasmín Esquivel (esposa de José María Rioboó, contratista de cabecera del presidente López Obrador) como ministra de la Suprema Corte de Justicia de la Nación.

El episodio es grave porque sin impudicia, la autodenominada “cuarta transformación” repite los mismos comportamientos abusivos que en el pasado le merecieron indignadas protestas, pero que ahora en el poder le parecen decisiones necesarias y apegadas a las condiciones mínimas que pide la Ley.

Más allá de las notorias incongruencias, el problema no es que se pueda, sino que se deba. Y no, no se debe tolerar que el titular del Poder Ejecutivo imponga en el Poder Judicial a una persona que por más calificaciones profesionales que tenga no reúne el requisito fundamental que se necesita para el ejercicio de ese delicado cargo: independencia.

Pero, además, aún más grave fue observar la enclenque resistencia del Senado como contrapeso a los abusos del presidente. De inicio, Movimiento Ciudadano y PRD votaron con Morena a favor del dictamen que avaló la terna de ministras afines, con lo que legitimaron la decisión que se tomaría más tarde y se sometieron a la voluntad pejista.

La aplanadora fue tal, que la votación final puede explicarse por los votos de uno que otro senador panista o priísta traidores que terminaron sumándose a la amplia mayoría que prefiere tener el poder que la razón. Con esa oposición tan obsecuente, será difícil, por no decir imposible, que en 2021 se reconfigure una correlación política de mayor contrapeso para López Obrador.

Con fiscal carnal, fiscales especializados compadres, senadores subordinados, uso permanente de la fuerza militar, monopolio de la palabra desde el poder, popularidad altísima y ministra contratista, Andrés Manuel López Obrador se ha convertido en el presidente más poderoso de las últimas décadas.

Sin oposición, ni equilibrio de poderes, ¿cuáles serán sus límites? Los que él mismo se imponga.

En México se están generando las condiciones objetivas y subjetivas para instalar una tiranía populista de largo plazo. Voltear para otro lado no va a desaparecer la realidad.

 

Twitter: @OSWALDORIOSM