La primera reflexión que se debe considerar para esta columna, es: ¿Cómo ha sido el proceso de la construcción de las naciones?. Desde la primera ciudad llamada Ur en Mesopotamia hasta nuestros días, ha sido un proceso de conflictividad la arquitectura de las nacionalidades y, por ende, de lo que hoy llamamos Estados.  Lo acontecido en días pasados con referencia a la solicitud del Ejecutivo Federal de requerir una disculpa del Reino de España y la Santa Sede, hacia los pueblos indígenas de México a causa de los efectos de la conquista, no sólo es una pifia diplomática, por más amable que haya sido el lenguaje con el que fue redactada la carta; sino también, el impacto de la idea central, contravienen el espíritu de salvaguardar la convivencia internacional, por más duro que hayan sido los hechos históricos que acontecieron.  

La construcción del Estado moderno ha requerido, de un sin fin de conflictos, alianzas, traiciones, hipocresías, pero, ante todo; de un sutil juego geopolítico que permite que una sociedad adquiera una identidad propia (puede ser la suma de varias), que la proyectan como nación, estableciendo un ideario político-doctrinal que le da certidumbre a su razón de existir.

Geoestratégicamente, lo primero que se debe de identificar, es que el proceso de la creación de la identidad de una nación, es a partir de la confrontación con otro grupo social antagónico, sea por causas religiosas, políticas, económicas o territoriales; de ahí que la formación de los imperios, es un proyecto de absorción por parte de unidades con mayores capacidades de desarrollo político, social, económico, militar y tecnológico, frente a aquellas que no tenían tales nociones. Pero de igual manera, se gesta todo un proceso de asimilación cultural, en donde el vencido adaptaba la nueva cultura impuesta, pero al mismo tiempo, el conquistador también adquiere parte de las costumbres y cultura de aquel al que se le considera sometido, luego entonces, la victoria real es el mestizaje que se va suscitando, tanto étnico como social y religioso, aunado a las costumbres y tradiciones, que habrán de formar lo que hoy tenemos constituido como naciones.

A principios del siglo XVI, la acción geopolítica estaba definida en la búsqueda de establecer un Nuevo Orden Mundial, gracias a la exploración marítima europea (sin considerar los propios procesos en Asia), que permitieron establecer nuevas rutas de navegación que permitieron el control de nuevos territorios terrestres ricos en recursos estratégicos necesarios para la época, para dejar de depender de la Ruta de la Seda dominada por mercaderes asiáticos, árabes y venecianos.

Es precisamente en este proceso, que en el continente americano, tanto portugueses, españoles, ingleses, franceses y en menor medida holandeses, le dieron al quehacer del ejercicio del poder otra forma de interpretarlo a causa de lo que significaron las tierras del nuevo continente, provocando la expansión de sus propios intereses y objetivos nacionales, por dejar en claro, quien lideraba el orden internacional.  Lo que aconteció en este continente, fue el choque natural de dos Imperios (azteca y español) y cuyos efectos son la realidad de la existencia de la comunidad de naciones latinoamericanas actuales, entre ellas, México.

Ahora bien, la política exterior que está impulsando el Ejecutivo Federal, está definida en autoerigirse como autoridad moral, re-argumentando a sus necesidades, los postulados constitucionales.  Por ello, es que se debe recordar que desde el Tratado de Reconocimiento de nuestra Independencia por parte del Reino de España de 1836, como también a razón de los festejos del Centenario del Inicio de la Independencia en 1910 y en la propia reunión de 1991 que convocó México para la celebración de la Primera Cumbre Iberoamericana, en todos estos eventos se ofrecieron disculpas para México y el resto de la comunidad Latinoamericana por hechos acontecidos en la conquista.

Tal posicionamiento desde el poder presidencial, es estigmatizar lo que es correcto e incorrecto en el escenario de la política internacional, ser un sensor que defina la calidad moral de gobiernos y naciones con los cuales México sostenga un fructífero diálogo diplomático, y a partir de ello, reordenar las prioridades de su proyecto de nación, sin embargo, ¿quién define la calidad de gobiernos y naciones?, ¿No a caso la política exterior, en sus postulados constitucionales, va encaminada a evitar la calificación de naciones y a priorizar la  sana convivencia internacional?

La carta enviada al Rey Felipe VI de Borbón y el discurso pronunciado en Centla, Tabasco; es una estrategia muy bien articulada, frente a la inoperatividad del arte del buen gobierno, es al mismo tiempo, buscar un culpable externo que lo fortalezca ante otros problemas internacionales, graves y delicados para la Seguridad Nacional y regional como está aconteciendo con la problemática de la migración centroamericana y la muy mala relación con el gobierno del presidente Donald Trump,  lo que deja ver, que se está gestando una nueva doctrina de política exterior, con un alto grado de moralidad y de descalificación de la realidad internacional.

Finalmente, los preceptos de pobreza franciscana que propone el Ejecutivo Federal, de ser impuestos en la política exterior, reafirma la condición de fiscal de SU verdad absoluta, pero que recuerde, que dicho dogma de Fe, fue incorporado a los pueblos originarios, tras la victoria de las fuerzas españolas sobre las del Imperio Azteca.