Que nadie se sorprenda. Andrés Manuel López Obrador ya lo dijo con todas sus letras: a la buena (con reforma a la Constitución de por medio); o a la mala (con una “consulta popular” al margen de la constitucionalidad), pero él será nuevamente candidato a presidente de la república en el 2021. SÍ, 2021.

A esa deformación del proceso electoral, que es en el fondo una traición a la democracia, López Obrador le llama “revocación de mandato”. La propuesta es una manzana envenenada para una oposición desdibujada que podría acceder a la peregrina idea de que, al aprobar la reforma constitucional de revocación de mandato, se tendría la posibilidad de mandar al presidente anticipadamente a su rancho. Nada más falso que ello.

Si siendo oposición López Obrador fue capaz de determinar los términos discursivos de la elección de 2018 para volverlo un ejercicio maniqueo que le pidió a la ciudadanía pronunciarse entre “continuar siendo gobernados por una minoría rapaz”, o elegir la opción de “purificar la vida pública de México”, imaginen la narrativa que impondrá un presidente ya plenamente apropiado del Estado, que usa facciosamente los recursos de todos a través de programas clientelares y que envenena diariamente los términos del debate político, esta vez, desde el poder.

Si se le permite a López Obrador presentarse a la boleta en las elecciones de 2021, habrá al menos dos consecuencias inevitables: una patente y otra latente.

La consecuencia patente, es darle otra vez a Morena la llave que le permite un funcionamiento electoral eficaz y que es a la vez, la razón que lo hizo mutar de movimiento a partido y su única ideología: llevar y mantener en el poder a su fundador-dirigente-candidato-presidente.

Al igual que su tío abuelo el PNR que surgió como un instrumento de la “familia revolucionaria” para mantener y repartir el poder, Morena nació con una sola misión inmanente: llevar al poder a Andrés Manuel López Obrador. Sin él, el partido pierde su factótum y su principal oferta electoral.

Por eso la insistencia del presidente: si en el pasado Morena sirvió para llevarlo al poder, ahora le impondrá la misión de mantenerlo ahí, aún si ello significa despedazar al partido en el intento. Para quien lo dude, basta observar lo que le hizo al PRD cuando se resistió a cumplir la obsesión del caudillo, luego de la elección de 2012.

En síntesis, la revocación de mandato le permitiría a López Obrador polarizar la elección (como lo ha hecho siempre), imponer su marca y jalar sus apoyos hacia el partido y sus candidatos (la mayoría, ilustres desconocidos que obtuvieron notoriedad al ganar gracias al efecto AMLO).

Con todo, la consecuencia latente es la más grave, porque podría implicar el mayor riesgo que jamás haya enfrentado la incipiente democracia mexicana: el ensayo de una reelección presidencial.

Si se accede a su exigencia de aparecer en las boletas en las próximas elecciones intermedias, será el preludio para volver a pedir un segundo ejercicio de revocación de mandato en 2024, lo que de facto equivaldría a abrir la puerta a la posibilidad de reelección.

Enrique Krauze escribió un espléndido ensayo que testimonia la fascinación de Andrés Manuel López Obrador por los hitos y mitos de la historia, esos en los que el tabasqueño reivindica su autopredestinación de encarnar la “cuarta transformación” de México.

Sí creo que el liderazgo carismático de López Obrador entrará en la historia nacional por derecho propio, pero no encuentro un solo asidero para explicar que esa profecía autocumplida será en clave democrática.

Frente al dilema contemporáneo de la discreta vocación democrática o la tentación del desplante autoritario, observo a un Andrés Manuel López Obrador más decantado por el delirio del poder. Temperamentalmente más parecido a Iturbide que a Guerrero. A Santa Anna que a Juárez. A Díaz que a Madero. A Calles que a Cárdenas. A Bartlett que a Heberto.

Un peligro para la democracia.

Twitter: @OSWALDORIOS