Reiteradamente, el presidente López Obrador suele vindicar en sí mismo la predestinación de una epopeya heroica. Sin rubor, la ha autodenominado “cuarta transformación” y se ha autoimpuesto el deber de encarnar la continuación de la obra de Hidalgo, Juárez, Madero y Cárdenas.

Particularmente interesante es la analogía que suele hacer López Obrador de su propia biografía política y la del apóstol de la democracia Francisco I. Madero. Lo paradójico, es que el coahuilense enarboló la bandera antireeleccionista en contra de la dictadura porfirista y en cambio, el tabasqueño posee una peculiar obsesión por mantenerse en campaña permanente.

¿Es legítima la comparación? ¿O es una falsificación deliberadamente construida para en nombre de la soberanía popular alimentar apetitos reeleccionistas?

¿Cómo era Madero?

El espejo de la historia siempre es necesario para que los mexicanos nos reconozcamos en ella, ya lo decía Madero: “Esa historia nos hace tener una idea más elevada de nosotros mismos; al enseñarnos que los grandes hombres cuyas hazañas admiramos, nacieron en el mismo suelo que nosotros, y que, en su inmenso amor a la patria, que es la misma nuestra, encontraron la fuerza necesaria para salvarla de los más grandes peligros”.

Madero soñó con la vehemencia irredenta de un apóstol, que este país debía ser democrático. La vocación pacifista de su lucha se precipitó en un llamamiento a la revolución que, sin embargo, fue el último de los caminos que quedaba, y el hijo pródigo de Parras, Coahuila, lo atravesó con la gallardía de un hombre y la magnanimidad de un patriota.

Quijote fino y bueno, de menuda estatura, habría de venir cabalgando en su verbo Rocinante, para “desfacer los entuertos” de una nación que no se atrevía a tomar lo que era suyo: su libertad. Lo cual, no debía someterse a cavilaciones timoratas o regenteos desde el poder, lo decía de esta forma: “En casos supremos cuando la libertad peligra; cuando las instituciones están amenazadas; cuando se nos arrebata la herencia que nos legaron nuestros padres y cuya conquista les costó raudales de sangre, no es el momento de andar con temores ruines, con miedo envilecedor. Hay que arrojarse a la lucha resueltamente, sin contar el número ni apreciar la fuerza del enemigo, de esta manera lograron nuestros padres conquistas tan gloriosas, y necesitamos observar la misma conducta, seguir su noble ejemplo para salvar nuestras instituciones del naufragio con que las amenazan las embravecidas olas de la tiranía que pretenden hacer de ellas su presa y sumergirlas en el abismo insondable del olvido” .

Madero nos enseñó (como lo dice el historiador Enrique Krauze) el origen sagrado de la palabra voto, y hoy que la voluntad ciudadana se compra indignamente con una dádiva electrónica o dinero en efectivo, es indispensable recordar la enorme lucha que a muchos hombre y mujeres, costó el sufragio efectivo. El voto, no lo olvidemos, es piedra angular en el ejercicio de los derechos políticos, pero es también una obligación cívica, críticamente reclamémonos en la memoria de Madero, por qué hemos permitido el gobierno de los peores.

De familia acomodada y de prosapia, es cierto, Francisco el hombre, renunció a las tranquilidades de una vida cómoda para entregarse generoso a la conquista de sus sueños. Titán civilista, se protegía con una armadura indestructible, nada le importaban los calificativos hirientes, de quienes hubieran querido verlo arrastrar al pueblo a la inmolación de la violencia perpetua, sin ser capaces de levantar un dedo siquiera, y sin embargo, los dardos fustigantes y venenosos de sus palabras no daban tregua al egoísmo, ni a la mezquindad, entonces proclamaba: “Creemos como todo elemento pensante de la República que ahora se nos presenta el  momento oportuno para la reivindicación de nuestros derechos, que atravesamos por el periodo histórico de más trascendencia para los destinos de la patria, y que sobre nosotros, los de la nueva generación, pesa una responsabilidad enorme ¿Veremos perder con criminal indiferencia la preciosa herencia que nos legaron nuestros antepasados, o valerosamente lucharemos por reconquistarla? Esa es la pregunta que habremos de contestar ante la historia”.

Y él la respondió cada uno de los días de los 15 meses que duró su presidencia, con un compromiso indeclinable por mantener su promesa de gobernar con la ley en la mano y con un profundo respeto a los derechos del pueblo, soportando incluso estoicamente, una prensa mercenaria, al punto de ataques arteros, pero a la que Madero prefirió soportar, antes que caer en la tentación represiva que él mismo combatió.

Desde el ejercicio del poder alentó la formación de un incipiente sistema de partidos y respetó impolutamente la contienda electoral y sus resultados, fue congruente con sus ofrecimientos al pueblo mexicano, cuando escribió: “Para salvar a nuestra patria del inminente peligro que la amenaza, debemos hacer un vigoroso esfuerzo, organizándonos en partidos políticos, a fin de lograr que el pueblo esté debidamente representado y pueda luchar en las contiendas electorales, para que salga de su sopor, se fortalezca por medio de la lucha y conciba un amor más grande a la patria, a medida que sean mayores los bienes que reciba de ella, y mayor su participación en la cosa pública; a medida que esta aumente, aumentará su preocupación por los grandes problemas nacionales que está llamado a resolver”.

Fue siempre un convencido de la separación y el respeto entre los poderes, defensor a ultranza de la imparcialidad de actuación de los jueces, y benigno promotor de la pluralidad parlamentaria que construía sanos equilibrios republicanos.

Enamorado de la preeminencia de la verdad por encima de la falacia o el sofisma, alentó siempre a la manera de Voltaire, la libre confrontación de las ideas en un país que había estado largamente amordazado, porque estaba convencido de que: “Es pueril temer en nombre de la libertad, la luz de la discusión. Mientras las armas del pensamiento sean usadas libremente por todos los mexicanos, no debemos temerlas. Que unos profesen una fe otros otra; que unos crean en la eficacia de unos principios y otros los juzguen perniciosos, poco importa; por el contrario: vengan las luchas de las ideas, que serán luchas redentoras, pues de su choque ha brotado siempre la luz, y la libertad no la teme, la desea”.

Místico de la libertad. Hombre bueno y noble, incapaz de traición alguna, y menos la de sí mismo, cayó acribillado la aciaga noche del 22 de febrero de 1913. Fue asesinado cobardemente como sucede con los mártires, víctima de execrables intereses sanguinarios.

Nadie como él representa los ideales democráticos que profesaba. Creyente apasionado de la libertad y la ley, nunca pudo imaginar la existencia de una sin la otra: “No olvidemos que ahora se presenta la oportunidad más propicia para conquistar nuestra libertad con las armas de la democracia. Luchemos, pues, con resolución y serenidad para demostrar la excelencia de las prácticas democráticas, asegurar para siempre nuestra libertad y consolidar definitivamente la paz; la paz de los pueblos libres que tiene por apoyo la Ley”.

La vida de Madero, es una lección de dignidad para el pueblo mexicano. Luchar por el poder, para terminar siendo su esclavo, es como comienzan a gobernar los sátrapas. Demagogia, nunca será democracia y el sufragio efectivo es un recordatorio moral inapelable.

Cuándo está solo y se mira el espejo López Obrador no se ve a sí mismo, eso es seguro. Pero que figura proyectan sus sentimientos y pensamientos más profundos, ¿a Madero? Con quien no lo une prácticamente nada. ¿O a Díaz? Con quien comparte una devoción casi patológica por el poder. El tiempo responderá con rotundidad.

Mientras tanto, como escribió Madero: “Esperamos fundadamente que el espíritu público despertará muy pronto por completo, y alentará a los mexicanos a dar la gran batalla en contra del absolutismo; pero ya no será la guerra fratricida por medio de las armas, sino las luchas de las ideas, por la prensa, la tribuna, en las urnas electorales, en el vasto campo de la democracia”.

 

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