A estas alturas ya no es un secreto, para nadie, que el presidente Obrador es un mandatario que gusta de la mentira y el engaño.

Más aún, algunos estudiosos del mensaje presidencial, como la Consultora Integralia, han detectado que en las conferencias mañaneras el presidente dice entre 30 y 40 por ciento de mentiras durante su mensaje matutino.

A su vez, aquí hemos documentado que el presidente mexicano entrará muy pronto a la competencia por descubrir al presidente más mentiroso en el mundo, pelea que hoy encabezan Donald Trump y el ex presidente Bush.

Pero hoy en México existe una mutación del presidente mentiroso.

¿Una mutación?

En efecto, hoy la principal preocupación ya no es por la cantidad de mentiras que dice López Obrador todos los días sino por el tamaño de esas mentiras.

Y es que en los últimos días ha dicho tales mentiras y de tal tamaño que rebasó todos los pronósticos imaginables.

Mentiras como, por ejemplo, decir que a cuatro meses de iniciado su gobierno se acabó la corrupción.

¿Resulta sensato, de sentido común y apegado a la realidad que un gobernante diga que la corrupción se acabó al cuarto mes de su mandato?

Más bien lo que nos está proponiendo el presidente Obrador es que ha convertido a su gobierno en una mala parodia de la realidad.

Y es que la corrupción es uno de los males endémicos de la humanidad y de México y resulta una caricatura del gobierno decir que a cuatro meses se acabó la corrupción.

Claro, eso sin tomar en cuenta que más del 70% de las contrataciones del gobierno federal en esos cuatro meses se han llevado a cabo por asignación directa y sin licitación .

O la mentira monumental de que en esa misma fecha –en cuatro meses–, se acabó el problema de magnitudes colosales conocido como robo de combustible, coloquialmente motejado como “huachicoleo”.

Es una ofensa a los ciudadanos, al sentido común y, sobre todo, a las víctimas de ese flagelo, decir que ya se acabó el “huachicoleo” porque, según el presidente, los criminales ya no tienen base social.

¿No existirá en todo el gobierno federal un servidor público capaz de explicarle al presidente que el problema del robo de combustible no se acabará con arengas a portarse bien y a luchar contra el mal?

¿No entienden el presidente y sus colaboradores que el robo de combustible es un negocio ilícito del que dependen miles de familias, que nunca dejarán esa actividad ilícita porque ninguna actividad lícita será capaz de darles las cantidades descomunales que produce el robo de combustible?

¿No existe entre los partidos opositores –del PRI, PAN, PRD y MC–, alguien capaz de denunciar en el Congreso y en los foros públicos el descomunal daño que un presidente mentiroso le hace al país, a la economía, a la inversión y a la creación de empleos?  

Otra mentira colosal es aquella de que el presidente “tiene otros datos”, a pesar de que todas las calificadoras, todos los expertos y hasta el Banco de México pronostican que el crecimiento económico para 2019 y 2020 no rebasará el 1.5%.

El problema, como queda claro, ya no sólo son las mentiras del presidente, sino el tamaño descomunal del engaño.

Y a ese problema se suma el de la sumisión de los supuestos intelectuales, como es el caso del historiador Lorenzo Meyer –otrora un hombre de luces–, y quien hoy, arrastrado por el fanatismo “lopista”, justifica lo que siempre cuestionó en el PRI; la concentración del poder en un solo hombre.

El problema ya no es solo el locuaz presidente mexicano, sino la inmoralidad de quienes por ambiciones sin límite le dan cuerda.

Se los dije.