El ser rijoso tiene varios significados, va de la sensación o muestra de excitación, sexual o no, de un grado de lascivia, de un sujeto propenso a riñas y pendencias, que le lleva a continuas peleas. Un peleonero callejero o profesional.

En el panorama nacional, los mexicanos y los extranjeros interesados en la vida nacional hemos sido testigos de la confrontación actual en que se debate el presidente, esa situación es una muestra de esa rijosidad que violenta el ser y el parecer de la política.

El Ejecutivo federal es un enigma, ha sido rijoso, peleonero o defensor de sus ideas como él lo dice. Lo mismo se ha enfrentado contra la Suprema Corte de Justicia de la Nación o los gobiernos estatales, o el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación con el caso Puebla ahora, que contra los neoliberales, los conservadores, los corruptos, los fifís, los estudiosos de posgrado con malas mañas, los empresarios rapaces, los de la Iniciativa Privada que serán exhibidos por tráfico de influencias, los que han sido impunes, los periodistas y representantes de medios que dicen sólo falsas noticias o no aceptadas por el poder en turno. ¿Cuál es la necesidad?

También confronta a los que hicieron las recientes reformas estructurales o los del pasado lejano que atentaron contra Hidalgo y Morelos, contra Juárez, contra Madero, contra Cárdenas. Y claro, la acostumbrada mafia del poder o a las fuerzas armadas. Muchos son los motivos que ha esgrimido para enfrentarlos, sus dichos están como fundamento y justificación de sus arengas mañaneras o de sus discursos dobles y, en algunos casos, de sus operadores directos en el Legislativo o en las benditas redes sociales.

No falto a la verdad si digo que los mexicanos quieren un presidente entrón, que no sea zacatón, dinámico e innovador, que se aboque a resolver los problemas, pero no creo que quieran a un peleonero callejero, a alguien que establezca batallas sin sentido, pírricas, donde él sea el único sobreviviente. Demandan un presidente comprometido con las mejores causas de la sociedad, del pueblo sabio y trabajador, que engrandezca a la nación y no la aísle o la achique.

No un presidente que lance acusaciones, que recete evasivas, que responda con la claridad de un dicho popular. Que simbolice eventos para definir su personalidad o su compromiso en campaña, sean Los Pinos o sea Texcoco o Santa Lucía. Que como él ha dicho deje atrás un pasado oprobioso que día a día, desde su toma de protesta en el Congreso, lo trae a colación o lo mediatiza, para seguir atizando el fuego en contra de lo que supuestamente no cree o ya ha perdonado.

Si bien los mexicanos no queremos a un mentiroso o a un demagogo en el gobierno, tampoco queremos alguien que desate los demonios o al tigre, que destroce la tranquilidad y estabilidad política, social o económica. No queremos alguien que se la pase dando manotazos en la mesa, exhibiendo a sus colaboradores o enrutando a sus huestes en contra de quienes no comparten su visión.

Queremos alguien que respete a todos los mexicanos, a sus instituciones y, desde luego al Estado de Derecho. No es sano el egocentrismo, ni alguien que decida en función del culto a su personalidad. La rijosidad que corre no lo lleva a ser un buen presidente y posiblemente tampoco a un buen gobierno. No queremos escuchar diariamente ofensas a nadie, ni que se la dé de honesto utilizando la falacia o la mentira o las medias verdades como argumento, no es deseable que las instituciones u organismos, los autónomos entre ellos, que fueron logros democráticos en el pasado reciente como la CNDH, el INAI o el INE o el INEE o el Banco de México o la misma UNAM, sean vilipendiados o desaparecidos por simples caprichos unipersonales.

No es sano un presidente rijoso, sepulturero de instituciones, queremos un presidente que lo que pregone lo cumpla, que el respeto al derecho ajeno sea la paz de la República y no una simple muletilla.

@evizarretea