En días pasados asistí a una reunión de amigos en donde el tema de la popularidad de López Obrador acaparó la atención de los presentes.

¿Como es posible que, con tantos errores cometidos en tan poco tiempo, la popularidad del presidente continúe en ascenso? se preguntaba uno de los asistentes

¿Ya vieron las últimas encuestas sobre la popularidad de AMLO? nos cuestionaba, alarmado, otro.

Y así, por ese rumbo, por el del extrañamiento sumado al de cierta preocupación, se desarrolló la charla. Quedó, debo decirlo, cierto pesimismo, y la idea rondando de que las cosas no irían bien para el País en los próximos años.  

De regreso a mi casa, escuchaba uno de los noticiarios radiofónicos que se trasmiten por la tarde, y hablaba un “encuestologo” dando cifras acerca de la popularidad del presidente, para acto seguido, hacer una apología de las acciones del nuevo gobierno y llevar a cabo, casi, una ceremonia de culto a la personalidad de López Obrador. El encuestologo en cuestión le presagiaba al presidente, “un gobierno perene”.

Entonces, ante esos augurios, es que vale la pena continuar desde Contrapeso y desde las redes sociales, la reflexión sobre la “popularidad de los caudillos”. ¿Hay populistas que no son populares? sería una pregunta.

Mi respuesta es que, precisamente, una de las características de los líderes populistas, es que existen periodos de su permanencia en el gobierno (los mayores) en donde los populistas gozan, literalmente, de enormes porcentajes de aceptación entre la mayoría de la población.

Y eso sucede porque estos personajes cubren la expectativa que tiene y proyecta la gran mayoría de la gente, de contar con un “Salvador” que les resuelva la mayoría o la totalidad de sus problemas y carencias y les libre, por fin, del infortunio del abandono. Los populistas satisfacen –cada determinado tiempo– la necesidad en las masas populares de la presencia de ese padre ausente (o de esa madre, como en ocasiones ha sucedido) que alivie la eterna orfandad que padecen.

Los caudillos, se ha dicho antes, son como Pedro Páramo, el personaje de la novela de Juan Rulfo, de quien todos son hijos, y a quien todos buscan esperanzados,  aunque ya haya muerto. Esta ha sido nuestra historia, la de México y toda Latinoamérica. Una historia de caudillos populistas que se hacen del poder total con la disposición y complacencia populares; que lo ejercen de manera autoritaria y dictatorial; que conducen a sus países a la desgracia de las carencias, de la confrontación social, de la militarización, y hasta de la guerra civil.   

Tirano Banderas; El Otoño del Patriarca; Yo, el supremo; La fiesta del Chivo; Pedro Páramo; La sombra del caudillo, son algunas de las muchas novelas que se han escrito sobre los autócratas, los caudillos, los populistas en Latinoamérica; son las historias de vida y de muerte dé nuestros países, que continúan con las venas abiertas.

Por ello no debiera sorprender la popularidad de López Obrador, pues esta es parte de ese ciclo político que comienza, de vez en vez, con el surgimiento de una impresionante e imponente esperanza que cubre cada poro del ser social,  y que se expresa en la mitología, de que llegará el “hombre providencial a salvar a la patria”. Pero nunca sucede eso, porque este fatídico ciclo continúa con el naufragio de estos gobernantes, notables en el mundo, por sus ocurrencias, gansadas, extravagancias, disparates. El ciclo se cierra, cuando esas mismas masas populares, decepcionadas, salen a las calles para exigir que el caudillo deje el poder, que se vaya, y si no se va, ¡lo sacan!.  

Este ciclo se observa recrudecido en nuestra región y, especialmente, en estas dos primeras décadas del siglo XXI. Pero hay que decir que este círculo perverso no es inevitable, y que, en sentido contrario, es posible interrumpirlo y de plano, evitarlo. Esto es así, cuando se alcanzan estadios de desarrollo político y democrático que hacen que las personas, los ciudadanos se desprendan de la obediencia hacia los mitos; superen los instintos, las costumbres, y dejen toda dependencia hacia los caudillos populistas.

En México y en Latinoamérica, lo que en realidad necesitamos, es una recreación de la vida democrática, en los principios republicanos y en los valores de la modernidad. En eso habíamos avanzado de manera significativa en las reformas políticas de finales del siglo XX.

La razón política, la ciudadanización de la sociedad mexicana, la resistencia y la cohesión democráticas, son el mejor antídoto en contra del gendarme populista que inspira el miedo a los pusilánimes, porque día tras día, les enseña sus dientes, sus ojos encendidos de ira, en forma de encuestas de popularidad.

Jesús Ortega Martínez