Absorto por sus propias ideas de refundación de la República y por destruir todo lo construido por sus antecesores, el presidente López Obrador asestó otro golpe al debilitamiento de las instituciones con su iniciativa para abrogar la reforma educativa  y sustituir al Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación por el Instituto Nacional de Revalorización del Magisterio.

Proclive a hablar mediante simbolismos o vaguedades que le permiten escabullirse de ofrecer respuestas y resultados tangibles, el presidente cambió la palabra evaluación por revalorización, recurso que parece ir  más allá de una simple sustitución de nombre para una nueva institución, o de querer arropar a la parte del magisterio que se resistió a la evaluación docente antes de la reforma educativa. El anuncio tiene toda la intención de desestimar la evaluación como un recurso imprescindible para la mejora educativa y para la toma de decisiones en este país.

Empezó mal el planteamiento desde el claro y penoso mensaje que les dio el presidente a todos los maestros de México: evaluarlos significa faltarles al respeto y  tratarlos mal.

Habría que preguntarles qué opinan  a todos los maestros con vocación que estuvieron dispuestos a evaluarse y se prepararon para ello, a la comunidad escolar que ha involucrado diversos esfuerzos para mejorar el desempeño de los alumnos y el funcionamiento de escuelas y que ha logrado avances notables;  a los padres de familia empeñados en que sus hijos progresen a través de una preparación sólida y que exigen mejores maestros en las aulas. En resumidas cuentas: habría que preguntarnos a todos aquellos que creemos en la educación y que no queremos marcha atrás a una evaluación docente para dar paso a una maniquea.  

Sorprende que tras el anuncio, producto del anacronismo del Gobierno de México,  las explicaciones dadas por el titular de la SEP estuvieran orientadas a que esta iniciativa será un gran acuerdo nacional y que por primera ocasión se le reconoce al magisterio como agente de cambio. Lo dicho es un despropósito en sí mismo: no hay cambio sin evaluación y no se puede mejorar lo que no se mide; además, preocupa que este mensaje no está dicho para alentar y robustecer la tarea educativa, está construido   desde lo que parece una clara revancha.

¿Por qué no reconocer  avances, construir con base en ellos y en todo caso replantear lo que faltó?

El diseño educativo para un país no es cosa menor y se necesitan muchos años para ver resultados concretos. Qué bueno que habrá más escuelas, más becas para evitar la deserción escolar y cada vez menos rechazados en el ingreso,  sobre todo en nivel medio superior y superior en donde las estadísticas de México muestran rezagos. Espero se logre y ojalá le alcancen los recursos al presidente en esa tarea, que, por lo que se ve, carece de lo que adolece en sus políticas públicas: la planeación.

Espero sobre todo, que el clientelismo educativo no sea ese cáncer al que debamos volver ni que el anuncio de otorgar becas haya sido el anzuelo engañoso para sacrificar calidad educativa.  Sería un retroceso escandaloso que México no merece.