Podría hablar durante horas, incluso días, sobre este tema que acaparó durante la última semana de marzo, la actualidad informativa a ambos lados del Atlántico. Las cartas enviadas por López Obrador a Felipe VI y al Papa Francisco han abierto un debate, por años enterrado, que ha tocado la fibra sensible de la clase política, especialmente entre aquellos partidos populistas que suman votos removiendo sentimientos. Lo cierto es que la exigencia de disculpas no podía llegar en peor momento. España se encuentra a pocas semanas de elegir a un nuevo presidente, y renovar sus cámaras legislativas y, por primera vez, la ultraderecha podría tener un papel decisivo. El debate histórico que pretende abrir el presidente mexicano solo ha servido, hasta el momento, para viciar su discusión incluso antes de que ésta arrancara. Quien les escribe es español, pero reside felizmente en México desde hace un par de años. El asunto me afecta tan de lleno que incluso me planteé adelantar una semana la publicación de mi columna (para hacerlo coincidir con la polémica), o, como ha sucedido finalmente, esperar un tiempo prudencial con el que reflexionar sosegadamente sobre un tema que despierta tantas fobias y orgullos.

Lo primero que me viene a la mente es una sensación de indignación. Como amante de la historia no logro entender adónde se pretende llegar con la revisión de unos acontecimientos que, nos gusten más o menos, son historia y, por lo tanto, inamovibles. Para entender mejor los hechos por los que se exige a España que pida disculpas, debemos ponernos por un momento en la piel de los humanos que habitaban nuestro planeta hace 500 años. De un lado tenemos una Europa que empieza a oler el progreso tras el oscurantismo de la Edad Media. En España en concreto, hacia finales del siglo XV, los Reyes Católicos habían logrado expulsar al imperio árabe de la península ibérica tras más de 700 años de ocupación. Pocos años después, en 1492, estos mismos monarcas decidieron financiar la excéntrica expedición de un marinero que sostenía que la Tierra no era necesariamente plana. Todos tomaron por loco al pobre Cristóbal Colón que, en su intento de encontrar una ruta más corta hacia la India, se topó con un vasto continente desconocido para los europeos.

La hazaña de Colón corrió como la pólvora por las distintas coronas europeas que rápidamente se lanzaron en una carrera por descubrir y conquistar nuevas tierras. En este contexto, en 1519 llega Hernán Cortés con 11 navíos a la costa de México. Allí funda Veracruz, la primera ciudad europea de la América continental y entra en contacto con las tribus originarias, las cuales al ver a los españoles en sus caballos pensaban que eran tahules, o espíritus de los dioses encarnados en hombres. ¿Alguien les puede culpar? Nunca habían visto algo semejante. Lo acontecido durante esa expedición quedó perfectamente documentado por Bernal Díaz del Castillo en su obra “La verdadera historia de la conquista de Nueva España” (que, por cierto, recomiendo encarecidamente leer a todos los interesados en la historia de México).

En sus crónicas, Bernal cuenta cómo la expedición de Cortés se adentró en territorio desconocido gracias a estratégicas alianzas comerciales con los pueblos originarios que allí se asentaban y sí, también peleando con los que no querían comerciar. Éstos le hablaban con devoción de su emperador, el gran Moctezuma, aunque otros, como los de Cempoal, se quejaban abiertamente de los abusos cometidos contra ellos por parte del imperio mexica. La exigencia que más les molestaba era tener que enviar, con cada luna llena, a cerca de una veintena de hombres y mujeres inocentes que serían sacrificados para contentar a los dioses. Tenemos por lo tanto, por un lado, a una civilización convencida de que la tierra era plana y de que debían extender la palabra de Dios para ganarse el cielo y, por otro, a una población indígena que creía necesario sacrificar a miles de inocentes para homenajear a sus dioses. Entonces, ¿quiénes son aquí los buenos y quiénes son los malos? Pues la respuesta varía mucho, según a quién preguntes.

Para los indigenistas, los buenos está claro que fueron las comunidades originarias porque eran sociedades amigables, ecologistas, expertas en matemáticas y astrología, nada que no sea cierto, pero a veces suelen olvidar los males que también padecían las sociedades indígenas y sin las cuales no podemos entenderlas en su totalidad. Si preguntas en España por la Conquista, te hablarán, por lo general, con orgullo sobre una hazaña histórica para este pequeño país europeo. Describirán la valentía de los marineros que se adentraron en lo desconocido y presumirán de haber extendido la fe católica y de haber aportado grandes avances tecnológicos a los indígenas. Ellos también omiten una parte importante de esta historia: la Conquista, como cualquier otra conquista realizada en cualquier contexto histórico, no fue realizada con persuasión y buenas palabras, si no a sangre y fuego.

¿Debería entonces pedir España perdón por ello? López Obrador así lo cree ya que, a su juicio, durante la Conquista se cometieron violaciones “de lo que conocemos hoy en día como derechos humanos”. Claro, señor presidente, pero es que en el siglo XV no existían tales derechos y los pueblos, también los indígenas, siempre aspiraban a conquistar más territorio y poder por las vías que fuesen necesarias. El problema es que algunos pretenden juzgar con los estereotipos actuales, lo ocurrido hace 500 años. Si usted se encuentra en ese grupo, en el de los que creen que España debe pedir perdón, entonces también estará de acuerdo en que Italia pida perdón a todos los países europeos por las hazañas del imperio romano, o en que España exija disculpas a los estados árabes por haber conquistado la península ibérica durante más de 700 años, o que los países nórdicos deben pedir perdón al Reino Unido por las invasiones vikingas, o ¿acaso deben los mexicanos disculparse ante los tlaxaltecas por las atrocidades que cometieron los mexicas de Moctezuma? Si nada de esto tiene sentido para ustedes, tampoco debería tenerlo la disculpa que exige López Obrador al monarca español, por cierto, de la familia de los Borbones y no de los Austrias que financiaron la expedición de Cortés.

Debatiendo este asunto con otros compañeros, sacaban a colación el perdón de Alemania por las atrocidades cometidas por los nazis, o el que realizó el gobierno francés por los abusos cometidos durante la colonización francesa del norte de África. Mi respuesta fue clara: todos los casos revisados y por los que se han pedido disculpas han tenido lugar a lo largo del siglo XX, y todavía hay testigos directos afectados por lo ocurrido. No ha sido así en el caso de la Conquista, de hecho, las explicaciones a la actual situación de los indígenas habría que preguntársela a los gobiernos mexicanos que han liderado el país durante los últimos 200 años.

Otro de los graves errores de este perdón que reclama López Obrador han sido las formas que, en diplomacia, resultan ser fundamentales. Según he podido corroborar, a través de fuentes diplomáticas contrastadas, la carta fue enviada el pasado 1 de marzo a España con el objetivo de poder tener una respuesta oficial antes del día 25. Ese día se conmemoraban los 500 años de la batalla de Centla, la primera gran contienda entre indígenas y españoles en tierras mexicanas, y López Obrador quería utilizar este escenario para proyectar su “plan de reconciliación” de cara al año 2021. Al no tener respuesta, su equipo de gobierno decidió entonces filtrar la carta horas antes del evento provocando un importante revuelo internacional. Así fue como la impaciencia del presidente mexicano pudo con la educación y las formas tan requeridas en las relaciones bilaterales.

Si López Obrador tenía alguna fe, en que España participara de ese proceso histórico de reconciliación, ha perdido todas sus opciones con esta torpe filtración de la carta. Airear las conversaciones privadas en los medios ya es de por sí un gesto bastante feo, pero peor aún es invitar a un país hermano a participar de un proceso que quieres abanderar exigiéndole previamente unas disculpas por hechos ocurridos hace tantos años, cuando España no era España (sino la Corona de Castilla) y México no era México (sino varias tribus sometidas o enfrentadas al mexica).

Quizá si López Obrador hubiera extendido una invitación a Felipe VI para participar en el año 2021 en actos de reconciliación con motivo de la Conquista, éste hubiera aceptado de buen gusto. Y ya una vez reunidos, y repasando en conjunto los acontecimientos históricos, le hubiera podido insistir para que pidiera perdón, pero que naciera del monarca la idea y no que fuera una condición indispensable para reconciliarse. Para mí la conclusión principal a tanto revuelo y reflexión previa debería estar perfectamente resumida en una placa de la plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco. Aquella que reza lo siguiente: “El 13 de agosto de 1521, heroicamente defendido por Cuauhtémoc, cayó Tlatelolco en poder de Hernán Cortés. No fue triunfo ni derrota, fue el doloroso nacimiento del pueblo mestizo que es el México de hoy”. Nadie negará que fue doloroso, pero sin lo que ocurrió hace tanto tiempo (que no fue ni triunfo ni derrota), México hoy sería un país muy distinto.