Desde la antigüedad hasta nuestros días, un noble arte que fue estructurando por imperios, reinos y repúblicas para un debido entendimiento entre las naciones, ha sido la diplomacia, la cual permite a los gobiernos tener las capacidades mínimas y máximas de entendimiento para la resolución de la conflictividad internacional. En nuestros días, un éxito de esta acción ha sido el Sistema de Naciones Unidas, como también una serie de organismos de corte financiero, cultural, sanitario, militar e inclusive en el ámbito deportivo como lo es la FIFA y el COI.

El entonces presidente electo de México, Andrés Manuel López Obrador, realizó una serie de declaraciones concernientes a la participación de México en el mundo, haciendo uso de una aseveración que entre muchos académicos del último tercio del siglo XX se esgrimía: la mejor política exterior, es la política interior, es decir, no participar de la toma de decisiones en las que incurren los lideres globales, para la definición de la agenda mundial, en aras de buscar el mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales.   Tal discurso parecía una forma de buscar desmarcarse de las anteriores administraciones, que desde la presidencia de Vicente Fox hasta la de Enrique Peña Nieto, venían modernizando la política exterior y la práctica diplomática para que México tuviera un papel digno de un actor de prestigio a causa de sus destacadas participaciones al interior de Naciones Unidas, como de la Organización de Estados Americanos, sin dejar de considerar su oportuna participación en la OCDE, APEC, Foro de Davos y en el G-7 ampliado, es decir el G-20, en donde se consensa la prioridad de los temas que debe enfrentar la comunidad internacional y la preponderancia para su atención, liderados por este grupo de Estados, en los cuales está ubicado hasta estos días nuestra nación.

En este orden de ideas es que funciona el mundo, países líderes que estructuran la agenda global a partir de análisis serios entorno a cinco áreas de conocimiento como son: ambiental, geopolítico, societal, tecnológico y económico; con estos parámetros, los Presidentes y Primeros Ministros que se reúnen una vez al año, toman una serie de medidas conducentes para responder a las exigencias que impone el propio desarrollo de la humanidad, buscando con ello, mantener el delgado equilibrio de la equidad y cooperación internacional.

El siglo XXI para México había sido hasta hace unos meses, uno de constantes cambios evolutivos para adecuarse a las exigencias del propio sistema internacional y ofrecer mayor certidumbre a la promoción de la democracias, los Derechos Humanos y el libre mercado, en este sentido cuando la administración pasada presentó su Plan Nacional de Desarrollo, en el apartado de su política exterior y de la diplomacia, se destacaba el concepto de un Actor con Responsabilidad Global, mismo que se traducía como una abierta oportunidad para acercar a México a ser partícipe de la solución de los problemas tradicionales como los emergentes, dada su condición de ser parte de dos Tratados comerciales fundamentales para la Geoeconomía  mundial, como los de Norteamérica y Europa, pero junto a ello el papel que guarda en otros organismos como la OCDE y el Foro de Davos, que le permitirían al Estado mexicano, tener opciones reales y tangibles para el fortalecimiento de su desarrollo nacional y afrontar los problemas de desigualdad social al tiempo de ofrecer certidumbre a la paz social requerida frente al crimen organizado.

Si bien se dieron pasos significativos, como fue posicionar a México en los primeros lugares del ranking de Turismo internacional, aun faltaba mucho por seguir construyendo y era precisamente que una de las estrategias con las que contaba el Estado era la participación que México venia teniendo de años atrás en las diversas reuniones anuales como en los grupos de trabajo del G-20, para ir estableciendo la agenda global y hacer los ajustes procedentes a nuestro propio modelo de nación que permitieran el crecimiento nacional y su empoderamiento en el orden internacional.  No obstante, la doctrina política con la que se está definiendo la actual administración es reiterativa en el marco de la frase ya citada: la mejor política exterior, es la política interior, sin embargo, tal frase es a condición de los sucesos que marcaban las acciones geopolíticas de la Guerra Fría, en donde la prudencia era fundamental para la coexistencia de la época.

Los tiempos han cambiado y la participación de naciones como México en un foro como lo es el G-20 es de gran valor a causa de los momentos de alta tensión que se están gestando por la guerra comercial entre EEUU y la RP de China, las amenazas de Irán en el Golfo Pérsico, la inestabilidad de Venezuela  y el reposicionamiento ruso en América Latina, así como la vulnerabilidad que provoca a los Estados los movimientos migratorios, amén de la propia volatilidad del sistema financiero por los ajustes a cual será la moneda líder en las próximos años, de ahí que, México está llamado a estar presente a compartir el escenario geoestratégico de la toma de decisiones, que marcan las reuniones del G-20, pues será el foro que dará vistas de lo que serán las Relaciones Internacionales de los próximos años.

Mayo de 2019, no es la década de 1970 o 1980, la mera participación del Canciller Marcelo Ebrard en la reunión del G-20, lo que demostrará es un simple desdén al mundo, Tokio será escenario de un nuevo G-19, pues México ha rendido banderas, frente al mundo y ante a sus propias inseguridades, las inseguridades del Ejecutivo Federal.