En los tiempos de polarización social que vivimos, producto de una consistente y facilona retórica salvadora y autoritaria que se ha propalado y enquistado como forma de Gobierno en México y otras partes del mundo, resulta apremiante recurrir a la esencia del liberalismo; no, desde aquella figura de sastre que pretende diseñar un traje a la medida para un contrapeso del populismo en la era que corre, sino para ejercer desde los actos y el pensamiento una auténtica libertad.

Casi siempre e indistintamente se ha planteado el liberalismo como neoliberalismo. Sus adjetivaciones casi siempre terminan en definir a una rapaz ideología o corriente predominantemente económica en la que se castiga a los más pobres y los poderes cupulares mantienen esos privilegios que toda sociedad democrática debe menospreciar.

El error está en el origen de esas ideas de las que Vargas Llosa se ha referido como difamaciones al espíritu real del liberalismo, que es la reivindicación del individualismo como ejercicio de tolerancia hacia las formas distintas de ser y actuar; y que, no solo pueden sino deben convivir en sociedades democráticas maduras, en las que haya plena separación de poderes y donde el libre mercado sea uno de los promotores del desarrollo de los individuos y sus pueblos.

Vargas Llosa ha planteado en La llamada de la Tribu, que me parece un ejercicio de absoluta honestidad intelectual porque revela aquellas influencias que le ayudaron a cambiar su concepción del mundo desde el pensamiento marxista e incluso existencialista que lo embargó en su juventud, hacia el pensamiento liberal que nos comparte en su obra; cómo el liberalismo aparta por sí mismo todo pensamiento construido desde el sectarismo, la demagogia, el populismo, el nacionalismo y toda ideología que enmascara la libertad.

Y hay que decirlo como lo dice él: el liberalismo no es una ideología porque ésta no permite el error; el liberalismo es una doctrina que está asociada a la idea de la libertad, desde el ámbito político, social, económico y cultural y que por su naturaleza misma permite el desarrollo y el progreso, en los que también se reconocen las fallas y la ruta para enmendarlas.

Agrego a las aportaciones de Llosa que las ha hecho magistralmente, que desde mi plena convicción el liberalismo representa una oportunidad de ser y de vivir para buscar el desarrollo individual y colectivo; y que además nos permite atender como nación los retos globales con dignidad; en donde la apertura, la tolerancia, el libre mercado y la separación de poderes es fundamental para consolidar avances y reconocernos en la pluralidad.

Hay que hacer especial énfasis en que el liberalismo no riñe con los valores universales ni de convivencia enmarcados en la moral y le ética, que desde la ponzoña de la crítica infundada se ha dicho. Todo lo contrario: promueve instituciones sólidas, separación de poderes, Estado laico y una marcada participación de la sociedad civil en las decisiones que desde el poder se hacen.

En México tenemos un agravante que es imposible disimular:   el populismo del presidente López Obrador pinta de cuerpo entero las amenazas que están a la vuelta de la esquina por su marcada fobia a la laicidad, a las inversiones, a la separación de poderes, a los organismos autónomos, así como a cualquier forma de legalidad que intenta socavar cada día con su delirante presencia en todas partes.

Un pensamiento liberal es el contrapeso necesario y el que México necesita.