El 10 de abril de 1919, hace exactamente 100 años en la Hacienda de Chinameca, Morelos, murió asesinado Emiliano Zapata Salazar, el líder más insobornable e irredento de la Revolución Mexicana.  Vio su primera luz un 8 de agosto de 1879, en Anenecuilco, que en náhuatl quiere decir lugar donde el agua se arremolina, y sí, la etimología fungiría como premonición, pues en ese humilde pueblo nació uno de los más grandes héroes nacionales y quien durante años haría cimbrar al país entero con el torrente indomable de su lucha.

Así como Madero dio a la Revolución su sentido libertario y democrático, fue Zapata quien dio a la Revolución Mexicana su profunda identidad con las causas populares e hizo del reclamo agrario el adeudo moral de más honda dimensión social para el Estado mexicano.

O si se prefiere, en palabras del eminente potosino Don Jesús Silva Herzog, en su “Breve Historia de la Revolución Mexicana”: “Los zapatistas lucharon durante algo más de nueve años para conquistar para el trabajador del campo el derecho a un pedazo de tierra y el goce de la libertad para todos los mexicanos”.

Si seguimos a Enrique Rajchemberg en su «Historia y simbolismo en el movimiento zapatista” podemos comprender cómo “alrededor del caballo se ha tejido en el imaginario popular mexicano un conjunto de representaciones que ha variado según la coyuntura histórica. Del cowboy al gaucho, de Paul Revere a Martín Fierro, el héroe americano cabalga incansablemente por las Américas. El caballo en su función guerrera es parte del mito del héroe. Hasta el Quijote tuvo que conseguirse a ‘Rocinante’ para cumplir con su misión justiciera. Siqueiros pinta caballos fogosos como símbolo de fuerza popular: el caballo como símbolo de un pueblo heroico y no solamente de un héroe. En cambio, Diego Rivera pinta en su mural del Palacio de Cortés, en Cuernavaca, un caballo blanco como doble de Emiliano Zapata: el mítico caballo blanco de todos los grandes generales”.

La ensoñación artística se torna mítica. El General Zapata acariciando a su “As de oros” y el gesto, más que representarnos una iconografía histórica, lo que hace es recordarnos que él se levantó contra la arbitrariedad y la injusticia, contra la falta de oportunidades y la opresión, contra el atropello de derechos y la desigualdad, pero sobre todo, que su lucha sigue siendo un ejemplo para los mexicanos y que su indomitud representa un legado de dignidad rebelde.

Remembrando a Enrique Krauze, Zapata no peleaba por «las tierritas» –como decía Villa– sino por la Madre Tierra, y desde ella su lucha es sedimento de identidad indisoluble entre la tierra y las manos que la trabajan, porque su lucha es el arraigo. De allí que ninguna de sus alianzas tenga la perdurabilidad que regala la obtención del poder. Zapata no quiere servirse del gobierno, quiere que el gobierno sirva al pueblo.

Bien subraya el historiador que ningún hombre en la historia de México tuvo tanto amor a la tierra como Emiliano, porque para Zapata “es el origen y el destino, la madre que guarda el misterio del tiempo, la que transforma la muerte en vida, la casa eterna de los antepasados. Para Zapata la tierra es madre porque prodiga un múltiple cuidado: nutre, mantiene, provee, cobija, asegura, guarda, resguarda, regenera, consuela”.

Por ello, en noviembre de 1911 lanzó el Plan de Ayala exigiendo el reparto de tierras. La lucha de Zapata puso en relieve la urgencia de justicia social después de la larga dictadura porfirista. El reclamo reivindicador se mantuvo vigente ante Madero, Huerta y Carranza, irreductible en sus demandas, se convirtió en ese hombre necesario y preciso, que con genialidad nos detalla John Womack Jr. en su “Zapata y la Revolución Mexicana”, y que fue capaz de actuar por encima de sus circunstancias y enraizarse con su gallardía indómita en la conciencia colectiva nacional.

El Plan de Ayala zapatista fue el gran acicate para que la Revolución fraguara sus demandas agrarias y las codificara en leyes. El aporte de la lucha zapatista, como se ve, es vasto y prolífico, de ahí que la presencia del caudillo se palpa inmanente incluso en el acento grave de la gente cuando hablan del “jefe”, del “general” o de “Miliano”, como si Zapata anduviera todavía allí, por los nostálgicos cerros del sur gritando Tierra y Libertad.

De esa manera, en el grito que clama justicia y en el estruendoso silencio que lo niega y lo traiciona: Zapata es una agenda pendiente y por tanto, vive. Quien lo dude, observe la resistencia que dará el Ejército Zapatista de Liberación al proyecto espurio del Tren Maya. ¡Quién diría que serían los encapuchados de la Lacandona, la resistencia más legítima a un gobierno enmascarado de izquierda! Bien decía Octavio Paz que México es un país de máscaras.

Hoy se cumple un siglo que desapareció físicamente el guerrero suriano, pero desde ese día, su imagen no ha hecho sino crecer e inmortalizarse, porque desde entonces, la inventiva popular construyó miles de historias pretendiendo desmentir la vergonzosa realidad del asesinato artero. Esa leyenda justiciera, vertida en oralidad y amor, nos hace constatar lo que todos sabemos, pero que sobre todo sentimos o al menos intuimos, como el relámpago que acompaña la tormenta: Zapata no ha muerto.

Su espíritu resurrecto e insurrecto insufla de convicción el alma nacional. Paz lo proyectaba en una alegoría creadora: “no es un azar que la figura de Zapata, posea la hermosa y plástica poesía de las imágenes populares. Realismo y mito se alían en esta melancólica, ardiente y esperanzada figura, que murió como había vivido: abrazado a la tierra. Como ella, está hecho de paciencia y fecundidad, de silencio y de esperanza, de muerte y resurrección”.