El próximo domingo 10 de marzo, se cumplen los primeros 100 días del gobierno encabezado por el presidente López Obrador. En este lapso, que podría ser mayor si consideramos el estilo personal de gobernar, y que inició desde el 1o. de julio, a pocas horas de que se anunció que había ganado de manera amplia la elección. Así, el gobierno lopezobradorista inició cinco meses antes de asumir el poder. Entonces estaría cumpliendo ya 250 días de ejercicio del poder presidencial.

Se cumplía en tiempo y forma con la luna de miel entre el nuevo gobierno y el pueblo que lo eligió, se echaban a andar los rituales tradicionales de agradecer el voto, visitar los estados y algunas comunidades, esbozar la estructura orgánica del nuevo gobierno, placear a algunos de sus colaboradores, esbozar algunos proyectos, hacer o reafirmar algunas propuestas de campaña, señalar qué grupos serían beneficiados con las futuras acciones de gobierno y sumar toda la fortaleza posible.

El estilo personal de gobernar es una expresión acuñada por Don Daniel Cosío Villegas, el mismo que creó el Trimestre Económico hoy afectado por el nuevo gobierno del FCE; con ello se daba cuenta de las características presidenciales, de sus filias y fobias, de los grandes proyectos a realizar, de cómo se iba a lograr la nueva etapa del desarrollo y de la ruta a seguir para la gran felicidad del pueblo mexicano.

Ahora nos encontramos en un momento relevante, después de las ilusiones postelectorales, entramos a la realidad del gobernar, de atender las demandas legítimas de propios y extraños y de buscar las soluciones a los grandes problemas nacionales.

El estilo personal de gobernar del presidente López ya es reconocido; al presidente le gusta interactuar con sus votantes y la sociedad, por los medios de comunicación, las redes sociales y en giras de trabajo en sus mítines populares. Un presidente en campaña o un eterno candidato que desea ser presidente. Ha movido el árbol del poder público, lo ha sacudido gritándole a la corrupción, señalando culpables de dentro y fuera, de ayer y de ahora, a los que no hablaban antes y ahora lo hacen, a no dejarse de sus críticos, a no mostrar evidencia en sus acusaciones, a bañarse en la honestidad y sus creencias, a repetir que él es diferente a todos los demás, a querer al pueblo bueno, justo, honesto y sabio. Los refranes y dichos populares adornan su discurso, aún hay atisbos del orador de antaño, se resiste a mantener con su palabra a un auditorio que disminuye paulatinamente.

Las charlas mañaneras son ejemplares, el presidente afirma que así se informa y forma al pueblo; es el dispositivo institucional para dar a conocer sus filias y fobias, lo que le gusta o no; ahí expone sus ideas, poco argumentadas porque no hay tiempo, conforme a la pauta que quiere marcar, así responde o no a su conveniencia; lo mismo ríe, se ríe de los otros, que implora por desgracias ajenas o por lo lamentable que han sido los demás al no hablarle antes al pueblo, al no cumplirle como él lo hace; el mecanismo de las charlas permite que también le informen los reporteros de lo que ocurre o interesa a sus medios o a la opinión pública. En ocasiones invita a sus colaboradores al podio, a que sientan parte de la gloria que les comparte, no todos han salido bien librados.

El protocolo establecido busca gobernar comunicando y comunicar gobernando. La virtud del mecanismo mañanero es que permite conocer lo que el presidente trae entre manos, lo que le preocupa y le ocupa, es un tanteómetro sobre personas, grupos y organizaciones, desde luego también de él. Así observamos en sus gestos, movimientos de brazos, sonrisas o tonos de voz si una cuestión le interesa o no si hay burla o ironía o si no le entienden en su exigencia verbal. El riesgo de ese estilo es que muestra lo emotivo y disminuye su racionalidad, pues muchas veces se sale por la tangente con un refrán o una de las frases que trae preparadas, así califica o estigmatiza a un personaje o un tópico determinado; deviene en juez de un tribunal de alzada y lo que dice tiene la pretensión de que sea verdad o se cumpla; lo mismo hace en los mítines de sus giras, es un placeo para sus colaboradores y un abucheo de los gobernadores.

De manera extraña, el presidente tiene respuesta y datos para cualesquier cuestionamiento, aunque no sean correctos y cuando no tiene nada simplemente dice que de eso no va a hablar, como ha sido el caso de los Estados Unidos o Venezuela y cuando le dicen de sus críticos, simplemente los minimiza o ningunea, no tiene respeto y así no logrará confianza para sus proyectos. Así tenemos falta de claridad y precisión en las mañaneras, sin embargo no importa, lo corregirá otro día, pero se confunde y confunde, arriesga la comprensión de su mensaje y deviene un gesticulador, un comunicador poco afortunado y sus refranes son evasivos de preguntas directas, sus lugares comunes ya no convencen solo divierten y si no, vuelve a la perorata de la corrupción o a señalar culpables o a engrandecer las acciones normales del gobernar, adornando sus dichos con frases generales tales como: esto nunca se había hecho, vamos muy bien, en el pasado eso no lo lograron, ya cambiamos, aunque después rectifique señalando que el elefante reumático de su gobierno ahí la lleva, aplaza los tiempos para cumplir y culpa a los demás de sus errores. Así transcurre el tiempo y el estilo personal se reafirma.