Está claro que el título de la presente entrega es una parodia entre el nombre de la refinería que prometió el presidente y las contradicciones que rodean su construcción.

Nos referimos, como queda claro, a la refinería de “Dos Bocas”, que Obrador prometió construir en Tabasco y que todos pronostican, empezando por los expertos, que no será construida.

¿Y por qué es imposible su construcción?

Porque no hay presupuesto, porque es inviable, de un costo impagable y porque cuando podría estar funcionando, las gasolinas no serán el combustible que reclama el país.

En pocas palabras, la refinería de Dos Bocas no será construida porque “saldrá más caro el caldo que las albóndigas”.

¿Por qué entonces el presidente insiste en su construcción?

La respuesta es elemental; porque López Obrador no piensa en las necesidades del país y menos en el bienestar de los ciudadanos; piensa en ver su nombre en obras faraónicas.

¿Recuerdan cuantas veces inauguró el Segundo Piso en la capital del país? Sí, lo inauguró en cuatro ocasiones.

¿Y qué pasó en Dos Bocas?

Como muchos saben, el escándalo por la Refinería de Dos Bocas se desató cuando el subsecretario de Hacienda Arturo Herrera dijo en Londres que el gobierno mexicano retrasaría la construcción de dicha refinería y que el dinero que se tenía previsto para ese proyecto se inyectaría a Pemex.

La noticia fue una bomba en los circuitos financieros. ¿Por qué?

Porque retrasar una obra como Dos Bocas, para los conocedores de la cosa publica, de la política y las finanzas, significa que se canceló el proyecto.

La explicación de Herrera era la opinión del experto, del conocedor; del servidor público responsable que sabe que el gobierno le toma el pelo a los ciudadanos ya que no existe ni la factibilidad financiera ni técnica y menos presupuestal para un proyecto como el de Dos Bocas.

Pero la boca del experto –la opinión del servidor público que sabe de la materia y que es un experto en la cosa presupuestal, fue callada de fea manera por la boca del neófito, del ignorante del tema y que, por una mala jugada del destino, es el presidente de los mexicanos.

Por eso, al ver descubierto su engaño, López Obrador enfureció y la boca presidencial mandó callar la boca del experto; de Arturo Herrera.

Así, la confrontación entre lo que salió de la boca del subsecretario de Hacienda y lo que dijo la boca del presidente Obrador provocaron una nueva crisis de credibilidad y desconfianza en un gobierno –como el de AMLO–, al que cada vez menos inversionistas y menos países respetan.

Lo ridículo del asunto es que mientras que se confrontaban las posiciones entre el presidente y un subsecretario de Hacienda, la danza de declaraciones tiró la paridad del peso frente al dólar y dañó severamente la confianza en nuestro país.

Es decir, el nuevo gobierno sigue colocando explosivos en la joven administración, como si la verdadera intención fuera dinamitar la economía de México y destruir al país entero.

¿Qué sigue luego del escándalo de la Refinería de Dos Bocas; luego de tirar el NAIM?

Todo indica que lo que sigue es destruir la inversión privada.

¿Eso qué significa?

Que mientras AMLO destruye al país, la señor Claudia Sheinbaum destruye la Ciudad de México. Su gobierno canceló uno de los proyectos inmobiliarios más ambiciosos de la historia; el desarrollo Mítikah, que contaría con hospitales, hoteles, centros comerciales y desarrollo habitacional; todo en un gran complejo de los más grandes de América Latina.

¿Y por qué tirar a la basura miles de millones de pesos de la iniciativa privada?

Porque Claudia Sheinbaum y sus principales colaboradores sólo vienen por dinero. Quieren su tajada de un pastel que no es suyo.

En pocas palabras, tiran todo por raterías al estilo Bejarano e Imaz. Es el sello de la casa.

Se los dije.