Recuerdo que cuando el expresidente Calderón comenzó a combatir el narcotráfico para protegernos de los sicarios, la sociedad vivió tiempos difíciles al escuchar todos los días los reportes de detenidos; recuentos de secuestros; violencia incrementando en las calles; apariciones de fosas clandestinas y narcobloqueos. Recuerdo las manifestaciones y el odio en su contra por la desafortunada muerte de quienes quedaron entre el fuego cruzado, como si los soldados fueran los malos y los narcotraficantes, los buenos. No olvido los reproches de los familiares de los desaparecidos, reclamándole como si él los hubiera escondido o matado con sus propias manos. El llanto y los gritos no cesaban pidiendo justicia por los periodistas asesinados a manos del narco. Las protestas por los muertos incrementaban; los autos llevaban estampas de “no más sangre”.

En el mandato del expresidente Peña, la desaparición, a manos de los narcos, de 43 muchachos que robaban camiones, con todo y choferes, que incendiaban gasolinerías y que tomaban casetas de cobro, estremeció al país. Recuerdo las manifestaciones nacionales e, incluso, internacionales, demandando justicia. No olvido las marchas exigiendo la renuncia del expresidente como si él los hubiera mandado matar. Cómo borrar los destrozos en la Ciudad de México, los incendios y la rapiña. Recuerdo las marchas por los periodistas asesinados a manos del narcotráfico, los feminicidios y los desaparecidos. El país era un grito de inconformidad hacia el Estado fallido y negaba el perdón.

A dos meses y medio de mandato, el presidente López es el que lleva el récord de muertos entre huachicoleros, delincuentes, ciudadanos, empresarios, periodistas, políticos y gobernantes. Es el rey del desempleo. Insulta a la sociedad civil y a los gobernadores. Ignora todos los temas. Viola la ley cuando le parece conveniente. Quiere cambiar la Constitución para morir en el poder. Regala dinero de los contribuyentes a los delincuentes, pero se lo quita a los bebés y a los niños.

Se ha encargado de mostrar su innata cobardía. Es el primer presidente que dice que no perseguirá a los malandros ni a los capos. Es el primero que asegura que no caerá en provocaciones y quien prefiere enriquecer a la CNTE, mientras perjudica a la nación.

Es el primero que avienta un puñado de sal al herido rostro de los mexicanos.

¿Dónde están las marchas violentas, los cierres a carreteras, los insultos al Ejecutivo? ¿Qué pasó con los que pedían la renuncia del presidente?, ¿y los conciertos en su contra? Con los expresidentes Calderón y Peña los legisladores se imponían, la prensa los devoraba y la sociedad convenenciera los quería de rodillas.

¿Dónde están? La violencia era provocada por el actual presidente; es claro.

¿Y la oposición? Dormida, pasmada, dividida.