¿Que es lo que causa que el presidente López Obrador lleve a cabo una simulación de consulta popular, y con ese subterfugio, consiga la excusa que le permita cancelar las obras del NAIM en Texcoco, para que apenas unas semanas después, decida sin consultar a nadie, negar autorización al funcionamiento de una mina de oro en Baja California Sur?

¿Porque, un día, sin ningún procedimiento legal y administrativo de por medio, decide que el ejército construya un nuevo aeropuerto en Santa Lucía, y otro día, lleva a cabo una farsa de consulta para justificar la puesta en marcha, en el Estado de Morelos, de una costosa y anacrónica planta termoeléctrica que es altamente contaminante

¿Que es lo que le motiva para cancelar el programa de refugios para mujeres que sufren de violencia intrafamiliar, para que apenas unas horas después, decida «autorizarse para sí mismo», el gasto de 360 millones de pesos en actividades promocionales del béisbol, su deporte favorito?

¿A qué se debe este comportamiento que bien se podría calificar, no solo contradictorio, sino incluso, extravagante?

Para contestar estas preguntas, muchas personas podrían afirmar que existe un problema de falta de la información adecuada como apoyo para la toma de decisiones del presidente, y que en ello reside la adopción de acciones de gobierno que son absolutamente incoherentes e irracionales. Eso es lo dijo su secretaria de gobernación.

¡Pero no! ¡Ahí no se encuentra el origen de sus desatinos! Y tarde que temprano, hasta sus más fieles seguidores, tendrán que asumir que la verdadera causa de sus equívocos, es una obstinación enfermiza por demostrar que su poder es ilimitado. No le importan, como ya lo estamos observando, las implicaciones de ilegalidad, de inviabilidad financiera, o incluso, los severos daños que pudiera causar a la gente y al país, pues lo verdaderamente significativo para el presidente, es saber que los demás sepan que él es el que manda.

Este es su resorte vital en el comportamiento del presidente; el mismo que le mueve para llevar a cabo, por ejemplo,  reuniones ordinarias de gabinete antes de las 6 de la madrugada; realizar, día con día, conferencias de prensa en donde solo se repiten las consignas de la propaganda gubernamental; viajar todos los fines de semana a las entidades federativas y a los municipios más alejados, en donde lo obligado serán los rituales «del culto al presidente» que tanto placer le causan; a posar, literalmente, comiendo en modestas fondas al filo de la carretera,  para con ello fingir humildad, cuando en realidad, lo que le motiva es la arrogancia; es evidenciar, ante todos, que él es que manda y que su poder es ilimitado.

¡Ahí lo tienen!  Esto es lo que realmente explica que se realicen las extravagancias y que se cometan tantos yerros en tan poco tiempo.

La ambición por el poder absoluto –que es muy frecuente entre los populistas– es la causa que alienta el que López Obrador asuma, como una verdad indiscutible, que solo él es quien representa al pueblo, y que por ello mismo no reconoce ninguna representatividad a las organizaciones y partidos políticos y, en el extremo, no reconozca representación a los miles, decenas de miles, de agrupaciones de la sociedad civil.

Este comportamiento ya lo hemos visto con otros líderes totalitarios que han llevado a sus países al desastre. Trujillo, el dictador dominicano, ponía en las placas de los autos, en las columnas de los puentes, en las paredes de las oficinas gubernamentales, en los frontispicios  de las escuelas la siguiente frase: «Dios en el cielo, Trujillo en la tierra» para que nadie olvidará quien mandaba en República Dominicana.

Esa es, también, parecería, la necesidad vital del presidente de México.