Cualquiera de las definiciones que se encuentran en la RAE acerca del término enajenar se podría asociar sorprendentemente con lo que está ocurriendo en México con López Obrador.  Las discusiones públicas y privadas sobre su estrenado gobierno han canibalizado otras discusiones de la vida individual y colectiva que necesariamente tendrían que confluir con esa conversación natural de un cambio de mandato, pero que, por el contrario, se han deslizado a lo que parece ya una enajenación pública.

Desde el despliegue de la campaña en la que los polos opuestos y la lucha de clases marcaron la tendencia de su retórica y que generó una notoria polarización social, el presidente ha ido más lejos para ahogar desde el centralismo de su popularidad y sus decisiones, cualquier intento de discusión pública en la que se exhiban argumentos, opiniones de expertos y análisis serios sobre el arranque de muchas de sus propuestas.

No ha habido tiempo ni lugar para eso.  Es muy probable que el anuncio de mañana sea tan o más desconcertante que el de ayer, y la atención pública siga ensimismada; con el agravante de poder ser sorprendidos con el ropaje de un espectáculo manipulador como al que el presidente recurrió con su reciente consulta a la madre tierra, a la que le pidió permiso para construir el Tren Maya en el sureste mexicano.

Sumergidos en un vendaval de anuncios, cambios, contradicciones, instrumentos hechos al vapor como las consultas ciudadanas, la toma de decisiones de este gobierno transita peligrosamente entre el asombro de sus opositores y el embeleso de sus fieles seguidores; síntomas de una clara enajenación que desconoce cada vez más la discusión inteligente y los contrapesos necesarios que tendrían que robustecerse de los organismos autónomos a los que intentan desaparecer;  de los académicos, los investigadores, la separación de poderes o de los ciudadanos que no se conducen por el culto a la personalidad que distingue a los seguidores del presidente.

Provisto de todos los reflectores de su investidura, López Obrador podría situarnos desde su  centralismo y su empeño por gobernar con ideales del pasado sin reconocer voces contrarias, de una enajenación pública en la que ya estamos, a una esquizofrenia del Estado mexicano que transitará dramáticamente entre un mundo real y otro imaginario.