Roger Bartra escribió en 1993 un libro al que puso por nombre Oficio Mexicano, y desde el cual logró, con gran éxito, resaltar las enormes paradojas que, en todos los sentidos, vivía la sociedad mexicana de finales del siglo pasado. Nuestro Oficio, el de [email protected] [email protected], es el de vivir, inconmovibles y de manera permanente, las más tremendas paradojas.

En uno de sus capítulos, “Réquiem para un sistema que se resiste a morir» establece Bartra, que el sistema priista (estamos hablando de 1993) funciona sobre la base de incongruencias que todo mundo observa, pero que las vemos como naturales e intrínsecas a nuestro ser nacional. Esta tesis, Bartra la confirma, exponiendo varias de las célebres paradojas con las que se simboliza el régimen.

El petróleo, dice, ha sido el gran patrimonio económico de la Nación,  pero el régimen lo ha administrado de manera tan funesta, que lo ha convertido en la causa de muchas de nuestras desgracias.  

El régimen presidencialista empobrece sistemáticamente a la población, pero como en ningun otro país en el mundo, el gobierno reparte dinero y más dinero a los pobres sin que cambie su situación. Es como lo simboliza Octavio Paz, un «ogro filantrópico».   

El viejo régimen parlotea siempre sobre la necesidad del cambio y de la revolución, pero día con día, se convierte en una fortaleza del conservadurismo y en un formidable custodio de las costumbres, los privilegios, los fueros.

Insisto que esto fue escrito en 1993, pero como si fuese hoy mismo, las paradojas del ancien regime, siguen siendo característica de nuestro oficio mexicano.

El régimen priista se resiste a morir,  y eso lo vemos cuando en 2018 accede al poder un movimiento político que enarbola la urgencia de cambios profundos en el terreno político, económico, cultural, y sin embargo, podemos observar como el gobierno de López Obrador, paradójicamente,  reproduce los vicios, los excesos, las costumbres del régimen priista.

Por ejemplo, la ciudadanía votó para que se instalara un sistema de gobierno democrático, pero en trágica paradoja, el presidente López Obrador se encuentra empeñado en debilitar al poder judicial; en mantener sometido al Congreso de la Unión; en terminar con los órganos autónomos; en agredir constantemente a las organizaciones de la sociedad civil; y lo más grave, en violentar permanentemente a la Constitución y al conjunto del entramado legal.

El presidente enarboló durante su campaña electoral, el recuperar para el pueblo su soberanía, para con ello, decía,  este decidiera sobre el rumbo del país. Pero el presidente, paradójicamente, nos está regresando a los tiempos del PNR de Calles y del presidencialismo autoritario del PRI, para colocar al pueblo en la condición de «masa dependiente» del gobierno. Hay un proceso encabezado por el presidente, para destruir el avance que en términos de desarrollo ciudadano tuvo el país durante los últimos 50 años.

Se prometió terminar con la corrupción característica del antiguo régimen priista, pero el presidente en lugar de hacer uso de la ley para combatirla, la desprecia, y al margen de esta, otorga de facto amnistía e impunidad a los corruptos. El presidente tiene como colaboradores y asesores a muchos de los más nefastos personajes que se enriquecieron ilícitamente nadando en el mar de la corrupción.

La gran revolución liberal del siglo XIX fue exitosa en liquidar la perversa asociación entre el alto clero y el gobierno, con lo que tanto daño se hizo al país. El presidente López Obrador se asume admirador de los líderes de ese proceso histórico, y, sin embargo, la acción de gobierno que más lastima a la Nación es la que nos pretende reinstalar un gobierno regido por la moral religiosa. ¡Que paradoja!

La república democrática, laica, representativa, de equilibrio entre los poderes, de los controles institucionales, de los derechos inalienables, de la igualdad jurídica, y de la justicia social, está siendo suplantada desde el gobierno de López Obrador, por el despotismo monárquico del «Estado soy Yo».