Es común decir que la sociedad mexicana se encuentra en un momento de polarización social y política, y aunque sea cierto, como lo es, resulta necesario llevar a cabo alguna reflexión sobre este fenómeno que amenaza con desbordarse, y que más pronto de lo que se piensa, nos puede conducir, como país, hacia escenarios tan complejos que pueden crecer en escalas inimaginables.

Son muchas las aristas desde las cuales se podría abordar el hecho de la polarización, pero me parece necesario que la tratemos, ahora, desde la arista de las causas que la han propiciado.

¿Por qué la polarización social está llegando a situaciones extremas? ¿Por qué se sitúa incluso en actitudes de odio y de intolerancia sin límites?

Una respuesta a estas preguntas llevaría, igualmente a un lugar común, y se haría referencia, de manera inmediata, a la desigualdad social y económica. Y ciertamente debemos asumir que la sociedad mexicana es una de las más desiguales e inequitativas en el mundo. México es la décimo quinta economía del mundo, es una de las más dinámicas en exportaciones manufactureras, es potencia en la industria turística, contiene un importante desarrollo en infraestructura, y es una de las naciones con mayor número de tratados de intercambio comercial. Pero en contraste, es una de las naciones con la mayor inequidad social, pues la mayor parte del producto interno bruto se concentra en apenas unas cuantas familias, mientras la gran mayoría de la población vive en condiciones de pobreza, de marginación, y sin acceso a los más elementales derechos humanos como la salud, la alimentación, la educación.

Así ha sido durante siglos, y han pasado revoluciones que han significado violencia, muertes, enormes desastres, pero, aun así, la realidad de la desigualdad se preserva casi sin cambios significativos.

Esta desigualdad social y económica ha propiciado un enorme flujo de descontento, resentimiento, enojo, que se ha traducido, desde hace años, en un creciente desprecio a las instituciones estatales, a casi toda autoridad gubernamental, y desde luego ha fomentado un gran descontento contra las fuerzas y partidos políticos, especialmente, hacia los cuales se canalizo una buena parte del resentimiento.

Lo anterior es parte de una realidad, pero otra que igualmente existe, es aquella que alienta el presidente.

Sin duda, el líder político que mejor supo aprovechar este descontento, fue Andrés Manuel López Obrador, que lo elevo exponencialmente durante la campaña electoral. Esto fue entendible y comprensible, pero ya no lo es cuando esta polarización la continua, hasta situaciones extremas, desde la misma presidencia de la república. Si algo ha hecho muy bien AMLO desde el poder ejecutivo, ha sido polarizar, dividir al país en dos bandos.

Ello se observa con las actitudes y comportamientos de la gente en cada uno de los eventos que se han sucedido durante las semanas del nuevo gobierno. Empezó con la cancelación de la reforma educativa, y llevó a una buena parte de la ciudadanía a adoptar posición enfrentadas e indeclinables. Continuo con el asunto del aeropuerto, con el del Tren Maya, con la refinería de Tres Bocas, con las consultas, con la constitución moral, y subrayadamente, con el tema del huachicoleo. En estos, y otros temas, ha colocado a la prensa, a los partidos, a los analistas, a los académicos, al Congreso, a la ciudadanía toda en una posición de definición sin ambages o sutilezas: ¡O están conmigo o están contra mí! Ese es su lenguaje y en ningún caso admite posiciones diferentes con las cuales se pudiera acercar a la ciudadanía y a los partidos a consensos y acuerdos. ¡Nada de ello! ¡O conmigo o contra mí!

Y así su gobierno se acerca rápidamente al fracaso. Entiendo que su estrategia electoral fue contrastar con Peña Nieto y con los otros candidatos, y eso es natural y comprensible, pero ya no lo es cuando la intransigencia, la intolerancia, la necedad la lleva, el presidente, tatuada en la frente en cada palabra, en cada gesto.

Su divisa es que las y los mexicanos se confronten entre ellos, y supone que así, podrá gobernar mejor. En realidad, está conduciendo al país a un camino sin salida.

Jesús Ortega Martínez