Ante un auditorio cómodo, aunque con algunas sillas vacías, López Obrador salió a lucirse el pasado lunes 11 de marzo. Informe a cien días de haber comenzado su gestión y, obvio, según él México va viento en popa: México se ha convertido en Pejelandia. Fue una más de sus somníferas “mañaneras”, con un formato especial: en vez de reporteros suavecitos, había un público integrado básicamente por estómagos agradecidos.

López Obrador ya se ha instalado en el cómodo sofá del auto-engaño, como era de esperarse. Al alcance de la mano tiene la fórmula perfecta del demagogo: las cosas son como él afirma que son o, si de plano no se puede negar la oscura realidad, López Obrador le echa la culpa a todos los “gobiernos neoliberales” que lo antecedieron.

Y los crédulos caen por millones.

Pero lo cierto es que su gestión comenzó mal, y no se avizora cambio alguno. Seguirá mal.

Sus dos principales yerros de inicio: a) la cancelación del prometedor aeropuerto de Texcoco, que bien pudo concesionar si no quería meterle dinero público; y b) la errática e improvisada “guerra contra el huachicoleo”, que no ha pasado de ser una maroma efectista hinchada de cifras alegres y ya marcada por una tragedia evitable (Tlahuelilpan).

Luego viene su total desorientación con respecto a las empresas (im)productivas del Estado: PEMEX y CFE, ambas en una lamentable situación técnica, operativa y financiera. Y López Obrador no sabe cómo sacarlas del hoyo en donde están metidas. Para colmo se pelea con las calificadoras, como si el mensajero fuera el responsable de las malas noticias.

Magna estupidez querer hacer una nueva refinería cuando las seis existentes operan al 40% de su capacidad, esto debido a que la extracción petrolera ha venido menguando en los últimos lustros, y no se ve cómo pueda revertirse esta caída. Por si fuera poco, la deuda de PEMEX se duplicó durante el sexenio de Peña Nieto.

Y ya va muy avanzada la contra-reforma educativa, que volverá a colocar poderes inusitados en manos de los “sindicaleros de la docencia”, para que éstos se solacen en la opacidad y la corrupción, como antaño. La educación que reciban los niños no importa, pues para aplaudirle a AMLO no se necesita mucha formación intelectual.

Y, claro, el gran sello de la casa: hartos programas sociales totalmente inútiles, porque lo único que estimulan es el parasitismo social. Muchos mexicanos queriendo vivir, cínicamente, de la riqueza que generan otros mexicanos, gracias a la demagogia despilfarradora de López Obrador, quien ha empleado y usará el presupuesto público para comprar votos “legalmente” desde el aparato de gobierno.

AMLO es el mago de las limosnas que muchos llaman “justicia social” y, como buen egomaníaco, espera que le besen la mano después de suministrar sus dádivas.

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