¿Por qué el gobierno de López Obrador se niega a aceptar y reconocer la presunta renuncia de algunos de sus más reputados colaboradores?

La respuesta parece elemental.

Porque sólo un gobierno fallido; sólo un gobierno que fracasa y que no da resultados, puede experimentar la renuncia de algunos de sus más reconocidos colaboradores.

Por eso, la presunta renuncia de importantes aliados del gobierno de AMLO, como Marcelo Ebrard, Olga Sánchez Cordero y Alfonso Romo, es negada por tirios y troyanos; porque significaría una derrota descomunal para un gobierno que ya huele la derrota, como el de Obrador.

¿Imaginan el mensaje que lanzaría un gobierno del que renuncian tres pilares de la administración pública? ¿Imaginan el significado del golpe al ego y a la megalomanía de un presidente que cree que es algo así como la representación divina en la tierra?

¿Imaginan para lo que significaría la renuncia, para un presidente que cree se cree el cuento de que es el salvador de la patria?

Lo cierto es que abundan los indicios de que habrían renunciado al gobierno de AMLO los titulares de las relaciones exteriores, la responsable de la gobernabilidad interna y el jefe del gabinete.

Pero la pregunta va más allá.

¿Por qué la renuncia, si se supone que el nuevo gobierno es lo más parecido a la salvación de la patria? De nueva cuenta la respuesta es elemental.

Porque para el nuevo gobierno mexicano, para el muevo presidente, no existen los titulares de despacho, los secretarios de Estado y menos los colaboradores con cabeza propia.

No, la realidad es que para López Obrador sólo existen colaboradores florero, aquellos que sólo están de adorno porque, en los hechos, no hacen más que simular y recibir órdenes de manera claudicante.

Pero tampoco es una novedad que López Obrador es un dictador que sólo tiene lacayos, más que colaboradores.

Y, para demostrarlo, sólo hace falta recordar que cuando Obrador era jefe de gobierno del DF, hizo exactamente lo mismo que hoy como presidente, sin importar las personas ni los cargos..

¿Y qué hizo AMLO entre los años 2000 y 2005?

En esa ocasión, la secretaría de Obras no fue ocupada por el jefe de esa oficina –César Buenrostro, hoy fallecido–, sino que el cargo fue encargado a una incondicional de AMLO; Claudia Sheinbaum, hoy jefe de gobierno del DF.

Desde entonces, AMLO juega con las personas, con sus vidas, sus futuros y su reputación.

Pero hay más. ¿Recuerdan cuando AMLO convirtió a “Juanito” en una botarga de sus intereses políticos?

Bueno pues hoy los secretarios de Estado son “juanitos”, que no tienen libertad para hablar, para opinar, para ejecutar sus conocimientos y habilidades.

Hoy los titulares de despacho del gobierno de AMLO sólo son floreros; botargas para justificar la dictadura de López Obrador.    

Y, por eso, porque sea Marcelo Ebrard, sea Olga Sánchez Cordero o sea Alfonso Romo, no parecen dispuestos a ser usados y manipulados cuando, en la realidad, es muy poco –o acaso nada–, lo que hacen en el nuevo gobierno.

Al final de cuentas, el de López Obrador no es más que un gobierno autócrata, de un solo hombre, donde los colaboradores no son más que botargas sin pies ni cabeza; incapaces de pensar, de opinar y menos criticar.

Y es que el de Obrador no es un gobierno democrático sino una dictadura.

¡Se los dije!