No esperábamos menos de él: Andrés Manuel López Obrador es un vulgar aspirante a dictador bananero, que no pierde de vista su objetivo.

Llegó al gobierno con la idea clara de reducir a cenizas nuestro régimen republicano. Se trata de un autócrata demagogo, que supo ganarse la voluntad de 30 millones de incautos: a algunos los mareó con el rollo de “la transformación profunda” de la vida pública, casi como conversión religiosa; y, a otros, les ofreció una cómoda vida parasitaria a través de programas sociales.

Muchos votaron por López Obrador en un arranque de resentimiento infantil: querían castigar las recientes gestiones del PRI y del PAN, pero los muy idiotas sólo terminaron fastidiando a México.

30 millones de cándidos le dieron al autócrata lo que necesitaba: la Presidencia de la República, el Congreso de la Unión y el gobierno de varias entidades federativas. Ahora, el autócrata López Obrador va por todo el resto y, obvio, está intentando ahogar a uno de los poderes más fuertes que hay en su contra: la prensa crítica, libre, analítica, punzante…

Al Presidente le incomoda buena parte de la prensa, sin duda, porque todos los días esta prensa exhibe sus estupideces, sus errores, sus mentiras, sus contradicciones, sus desaciertos. Por mucho poder que tenga, a López Obrador se le nota la estulticia: la destila por todos sus poros, todos los días.

Y, luego, hasta pierde la cabeza y amenaza, como a inicios de esta semana: “Y si ustedes se pasan, pues, ya saben lo que sucede, ¿no?”. Al darse cuenta de que sus palabras fueron desafortunadas ya que, durante su gestión, han sido asesinados siete periodistas, el tirano endosó su ira a las “benditas redes sociales del pueblo bueno”, o sea, a los bots que incomodan, amenazan, hostigan y agreden a los periodistas que critican el proceder de su “patrón, dios y caudillo”.

¡Y para colmo, en esta misma semana, López Obrador viola y llama a violar nuestra Constitución! Y todo con tal de congraciase con su minoría rapaz, con su mafia del poder: la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, este grupo gansteril que no duda en delinquir abierta y flagrantemente para hacer valer su voluntad, ante la actitud omisa de “su” Presidente.

Ahí queda todo para el registro histórico de esta nación: uno de los actos más ignominiosos e infamantes jamás realizados desde la alta magistratura del Poder Ejecutivo Federal. El mismo personaje que el pasado 1º de diciembre juró cumplir y hacer cumplir la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos y las leyes que de ella emanan, viola la Constitución y llama a sus funcionarios a violarla.

A través de un triste e ilegal memorándum, el aspirante a dictador pretende “dejar sin efectos” la Reforma Educativa, pisoteando todo el andamiaje republicano que tanto esfuerzo nos ha llevado construir.

Sí, fue un error votar por Obrador, no les quepa la menor duda.

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