El pasado viernes 11 de enero, el Presidente López Obrador visitó el Municipio de Tlapa, Estado de Guerrero, para presentar uno más de sus programas demagógicos, el de la Pensión para Personas con Discapacidad: siempre será mejor ganarse, mediante el reparto del dinero público, la voluntad de la gente con discapacidad, que trabajar para que todo el país cuente con la infraestructura, las instituciones y los programas que les permitan a las personas con discapacidad generarse su propio ingreso.

Como buen populista, a AMLO le encanta distribuir dinero público para ganarse el aplauso fácil de batallones electorales que le estén “agradecidos”. Su idea de “justicia social” es limosnera y clientelar. Salvo contadísimas excepciones, las personas con discapacidad sólo necesitan la estructura que les ayude a valerse por sí mismas.

Parte fundamental del desarrollo integral de las personas con discapacidad consiste en que éstas se sientan capaces, útiles, creativas, productivas e independientes; que no dependan de la bondad personal del político en turno. Es una pena que en México no hayamos llegado a comprender esto y que, por eso, nuestra “justicia social” sólo sea un vulgar y clientelar asistencialismo. Ésta es la escuela de López Obrador.

Pero la nota más grotesca del acto de Tlapa es el papel de “gran árbitro”, de “perdonavidas”, que asumió López Obrador.

Por haber sido un acto público, se le extendió la cortesía de asistencia al Gobernador priista de Guerrero, Héctor Astudillo, quien, en su turno al habla, fue objeto de abucheos, rechiflas e insultos por parte de los asistentes al evento, muchos de ellos abiertamente simpatizantes de López Obrador y de su partido-secta (MORENA).

Curiosamente, fue el mismo López Obrador quien, asumiendo el papel de bondadoso intermediario, le dijo al auditorio: “Amigas, amigos de Tlapa, hay que portarnos bien, ya acabó la campaña. Ahora es el gobierno y tenemos que ser respetuosos de las autoridades. No se resuelve nada a gritos y a sombrerazos”, pero las manifestaciones de rechazo continuaron pese a las palabras de López Obrador.

Fue entonces que AMLO sometió a una consulta a mano alzada el derecho del Gobernador Astudillo a hablar… ¡así como lo oyen! ¿Se imaginan una democracia que somete a votación el derecho de una persona a hablar, sea o no sea gobernador? Pues, aunque no lo crean, ésa es la idea de López Obrador.

“A ver, que levanten la mano los que no quieren que hable el gobernador. Bájenla. Que levanten la mano los que quieren que sí hable el gobernador. Es un empate”, ¿y quién creen que zanjó este empate?… ¡Claro, el aprendiz de dictador, Andrés Manuel López Obrador!

En una democracia auténtica, ningún derecho está condicionado a la voluntad de un solo hombre. ¡Cuidado, México!

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