«Las medidas que se están tomando por mi gobierno en la franja fronteriza harán que todos nosotros nos sintamos bien, y de esa manera podremos ir contentos a los templos, a las iglesias; nos sentiremos mejor porque estamos cumpliendo con los mandamientos». Esta es una expresión del presidente de la republica Andrés Manuel López Obrador, el que apenas hace unas semanas, protestó, ante el Congreso de la Unión, guardar y hacer guardar la Constitución política de los Estados Unidos Mexicanos; el mismo que de manera permanente reitera que será respetuoso de la ley; el que constantemente presume su sujeción ideológica al pensamiento político de Benito Juárez y la revolución liberal del siglo XIX.

Como se observa, el presidente, está faltando a su juramento y en sentido diferente, agrede a la Constitución y confronta abiertamente al principio político fundamental derivado de la revolución de la Reforma, es decir, al de la separación de los intereses y los preceptos de las iglesias respecto al funcionamiento del Estado.

Con su discurso en Tamaulipas, López Obrador, confirma que no es un presidente de una república que se sujeta a lo establecido por las leyes civiles, sino que más bien actúa como un ministro religioso que lo que busca es que su feligresía “se sienta bien, cumpla con los mandamientos religiosos, y de esa forma pueda asistir contenta a los templos»

Atender la Constitución por el presidente, no implica que olvide u oculte sus preferencias religiosas, pues de lo que se trata, es que él, como todas las personas que vivimos o transitamos en México, podamos libremente practicar la religión que nos plazca o, en su caso, no practicar ninguna; pero el ejercicio de este derecho tiene que ser en apego a las leyes civiles.

Dejando a salvo esto, el presidente tiene que actuar para que la Constitución se cumpla, y para que en materia religiosa no permita que los asuntos de las iglesias se confundan con los del Estado, como así lo establece con claridad el articulo 130.

Ya antes, contra toda racionalidad, ha nombrado a cinco personas para que como «legisladores patricios» elaboren una Constitución Moral que, según lo ha dicho López Obrador, sea «guía de comportamiento para las y los mexicanos».

La existencia de una Constitución moral es un extravío que afectará al país gravemente, pues en una Republica Social, Democrática, de Derecho como es a la que aspiramos la gran mayoría de las y los mexicanos, lo que nos guía es la Constitución política de los Estados Unidos Mexicanos, que es de carácter civil, laica,  y que, como herencia histórica de la Reforma, no posibilita que las responsabilidades civiles se confundan con las creencias religiosas.

La Constitución moral, es una aberración jurídica, pero más grave aún, es que el presidente nos diga que sus altas responsabilidades políticas, las confunde con la misión de un ministro religioso.

Vale la Pena que recordemos estas palabras de Ignacio Ramírez «El Nigromante» que, como sabemos,  fue uno de los personajes más relevantes de la lucha de la Reforma:

«Escudándose en el derecho divino, el hombre ha considerado a su hermano como un efecto mercantil, y lo ha vendido. Señores, yo por mi parte, lo declaro, yo no he venido a este lugar, preparado por éxtasis ni por revelaciones; la única misión que desempeño, no como místico, sino como profano, está en mi credencial, vosotros lo habéis visto, ella no ha sido descrita como las tablas de la ley, sobre las cumbres del Sinaí, entre relámpagos y truenos. Es muy respetable el encargo de formar una Constitución, para que yo la comience mintiendo».

¡Ahí le hablan, presidente!