La contradicción es una joya de antología.

Durante meses, el candidato ganador y luego Presidente de los mexicanos urgió a la sociedad a aceptar la llamada Guardia Nacional, que no es más que la militarización generalizada de la seguridad.

Y una vez que muchos de sus aduladores –que siempre repudiaron la militarización–, debieron tragar sapos y culebras, el Presidente decidió cambiar la jugada.

Y es que cuando muchos de sus fanáticos ya paladeaban y digerían el sabor de los sapos y las culebras, resulta que el Presidente determinó que la Guardia Nacional no será necesaria.

¿Por qué…?

Porque en buena hora el jefe de las instituciones decidió que ya terminó la guerra contra el crimen; contra narcos, rateros, secuestradores, violadores y hasta matarifes a sueldo.

En efecto, el Santo señor de Macuspana dijo que ya no sería necesario hacer cacería de criminales, porque todos ya se comportan como gente decente y tampoco se deben hacer revisiones para detectar droga, porque ya los traficantes entendieron que otros “negocitos” son más decentes.

Y si ya antes el Presidente había decidido que no serán perseguidos los ladrones de combustible y también determinó que la mafiosa CNTE no será castigada a pesar de ser un peligro para la estabilidad del Estado, pues entonces llegó el tiempo del perdón a criminales de la peor ralea.

Y es que en su mañanera de ayer, López Obrador dijo que la terminó la guerra contra el crimen y que, de ahora en adelante, todos los criminales y los matarifes y los sicarios y los mata-policías, los violadores, los secuestradores y los peores criminales, se van a portar bien.

Y, como la maldad será erradicada de México y sus alrededores, por obra y gracia del Santo señor de Macuspana, ¿entonces para qué serviría una costosa Guardia Nacional?

Brillante conclusión a la que llegó el Presidente Obrador, quien durante la más fructífera de las mañaneras –la de ayer–, declaró “el fin de la guerra contra el crimen” y, por tanto, el regreso de la paz y de todas las bondades del mundo imaginario de la cuarta transformación.

Sin embargo, existe un pequeño problema sin resolver; pecata minuta que no debe empañar la más brillante de las decisiones del nuevo presidente.

Resulta que, igual que los políticos, los criminales no tienen palabra de honor; no dan una garantía de sus promesas y, por tanto, no existe certeza alguna de que el crimen organizado, los barones de la droga, los matarifes, “los pozoleros”, los  tratantes de menores, los cobradores de piso y los secuestradores dejaran el mal y trabajaran en actividades lícitas.

Y, entonces, si no van a ser perseguidos por el Estado los peores criminales que se han apoderado de México y si otros serán perdonados y hasta compensados con un salario mensual, obliga la pregunta.

¿Quién va a defender a los ciudadanos, si la Guardia Nacional no servirá para defender a los ciudadanos?

El problema es mayor. Claro, al menos que la Guardia Nacional se dedique a perseguir a opositores. Eso huele a dictadura.

Se los dije.