En lo oscurito, Marcelo Ebrard teje fino y construye la que podría convertirse en una súper secretaría de Relaciones Exteriores. El Canciller de la cuarta transformación sienta las bases para convertirse en el secretario más poderoso del próximo sexenio.

Históricamente, el Palacio de Cobián aloja al político que mueve los hilos y aprieta las tuercas. No obstante, en la administración que viene, el que tiraría de las riendas despachará en Juárez 20. Es decir, el pulso de la República lo marcará el poderoso Canciller.

El tejido de Marcelo descansa en tres ejes: dinero, vacío de poder e influencia.

Uno. Desde la Secretaría de Relaciones Exteriores, el futuro Canciller gestionará y palomeará los fondos internacionales que aportan instituciones como el Banco Mundial o el Banco Interamericano de Desarrollo. Actualmente, Hacienda es responsable de estos trámites. Sin embargo, bajo el nuevo esquema, Hacienda terminaría en convidado de palo mientras que el Supersecretario decidiría qué fondos se atraen, para qué se usan y con qué frecuencia se gestionan.

Más aún, la estrategia de Marcelo sería una carambola de tres bandas. No sólo sería el gestor de los fondos internacionales, también usaría los recursos para impulsar gobiernos municipales; en específico: las ciudades. Dicen los que saben que Marcelo Ebrard trabajará muy cerca de los gobiernos subnacionales e intentará crear focos de desarrollo en las principales urbes. Ahora bien, el proyecto de Marcelo sonaría inofensivo si no se tratara de un animal político de esa talla. Lo cierto es que las ciudades concentran el voto de las clases media y alta, las mismas que resultarán más afectadas por las políticas populistas de Andrés Manuel López Obrador. Por ello, no sería extraño que el futuro Canciller intente presentarse como una alternativa al discurso en favor de los marginados que ignora –e incluso sataniza– a las clases acomodadas.

Ahora bien, el proyecto de Marcelo sonaría inofensivo si no se tratara de un animal político de esa talla.

Dos. El absurdo proceso de reubicación de secretarías de Estado provocará –además de un gasto excesivo–, un enorme vacío de poder. Dicen los enterados que mudar los enlaces internacionales de las secretarías de Estado haría imposible su labor. Es sabido que en la Ciudad de México se encuentran las embajadas, los consulados, los corporativos y el entramado social que permite a dichas oficinas hacer su trabajo. Por eso, cualquiera que sea la decisión –mudarlos o no–, con los jefes lejos o con los enlaces en otros estados, existirá un enorme hueco en la cadena de mando. Ese hueco dejaría el camino libre para que la Cancillería absorba las atribuciones de los enlaces internacionales del resto de secretarías. O si lo prefiere, por la oficina de Marcelo pasarían los proyectos energéticos, de telecomunicaciones, de infraestructura o de cualquier otra índole que cuenten con recursos o apoyos internacionales. Un inédito de la política nacional.

Y tres. Dicen los que han estado cerca que basta una mención de algún tratado internacional para que Cancillería se involucre en programas y proyectos de toda índole. Ya en cuestiones ambientales, ya en proyectos de inversión, ya en lo que se guste y mande; la SRE ha pedido mano en una amplia agenda de proyectos y eso se traduce en influencia y exposición para el futuro secretario.

Según parece, la SRE se convertirá en el gran gestor e inquisidor de la cuarta transformación. Cancillería será responsable de atraer capitales, asignarlos a proyectos específicos y supervisar su implementación y cumplimiento. Si quedan dudas, basta revisar dos de los viajes internacionales realizados por el futuro gabinete: China y Canadá. En ambos casos, Marcelo fue el responsable de definir la agenda y marcar el ritmo. Quienes contribuyeron a la organización de estas giras sostienen que, en todo momento, la voz cantante fue la del poderoso Canciller.

Durante años, Marcelo se ha distinguido por la solidez técnica y audacia política. Ebrard sabe esperar y resurgir de las cenizas. Hoy, como futuro Canciller, el ex Jefe de Gobierno del extinto Distrito Federal aprovecha los vacíos de poder –como el que existirá en la titularidad de Segob–, la inexperiencia de sus pares y se apuntala como un poderoso secretario. Y que nadie lo dude, Marcelo seguramente empleará los recursos a su alcance para opacar a las figuras que desde el Congreso o dentro del mismo Gabinete intentarán adelantarse en la incipiente pero latente carrera por la sucesión.